1 de junio de 2007

James Ellroy: golpe de testosterona

James Ellroy tiene pelotas. Y las tiene muy grandes. Debe ser el mayor guacho pija que haya leído. Sin dudas. Al menos dentro del género policial negro. El género que como se sabe, preferimos algunos: los románticos perdidos (la variante Chandler) y los cultores de la pura bestialidad y la sangre desparramada sin concesiones (la variante Hammett).


Y ahí está Ellroy con su literatura desaforada, directa, un cross a la mandíbula arltiano que no tiene nada que envidiarle a nuestro querido Roberto Godofredo.

Me negaba a leer a Ellroy. En realidad, no me negaba, pero se dieron una serie de situaciones desafortunadas que me hicieron desistir de leerlo.

Primero fue la película “La Dalia Negra” de Brian De Palma, adaptación de la novela homónima de Ellroy, la que me hizo pensar en leer el libro. Si bien no vi la película (todavía) pensé en leerlo.
Estuve un par de veces con un asiduo lector de este blog que se enfunda en las sombras de no dejar rastros en los comentarios, ahí, en la librería Capítulo 2 del Alto Palermo a punto de comprar la edición pocket de la “Dalia…” en inglés. Pero desistí atemorizado por el slang que escupe el libro. Supuse que no podría leer algo tan lleno del argot bajo de Los Angeles y por eso, luego de dudarlo un buen rato, desistí de la compra.

Estaba resignado a no leer Ellroy: no lo iba a leer en inglés y no pensaba sumergirme en lo que de seguro era una traducción espantosa hecha por Ediciones B.

Tapa del primer volumen de la Dalia Negra en la edición que estoy leyendo.

Tapa del segundo volumen de la Dalia Negra en la edición que estoy leyendo.


El otro día estaba ordenando los libros acá en la Biblioteca donde trabajo cuando encontré “La Dalia Negra” en dos volúmenes, edición de kiosco de diarios (“Colección Nuevo BestSeller” de Ediciones Plural) que tomaba la vieja edición y traducción de Ediciones B. Como no me costaba nada me dije que podía hacer el intento con el libro y ver qué pasaba.

A las primeras páginas casi lo tiro por la ventana del bondi (es literatura de viajes para mí, cuando estoy sentado en un lugar quieto me sacrifico a las porquerías medievales que tengo que leer para Española I) por la traducción que parecía venir terrible pero me dije que le iba a seguir dando una oportunidad. Me sorprendí entonces al comprobar que superadas esas páginas la traducción se había estabilizado y que no abundaban los iberismos y españolismos (he leído mucho peores como “Folleque” ; “Gran follón” y “Jodederío”).


Menos de una semana después, ya me había tragado el primer volumen. Tengo en mi mochila el segundo. Mi pronóstico es que cuando publique este post, ya habré leído la mitad del mismo.

Sí, amo el policial negro y sus variantes (a veces, más sentimental, pienso que no hay nadie más grande que Marlowe; otras veces necesito beber algo de sangre y prefiero la dureza de Sam Spade). No, no me interesa el policial clásico y sus planteos inteligentes y bien diagramados, sus enigmas a resolver que me remiten inevitablemente a la docena de novelas de Agatha Christie que leí de pre-púber ; todas con la misma estructura narrativa: un asesinato, un grupo de sospechosos reunidos en un espacio relativamente cerrado (un tren, una caserón, hasta una ciudad) y la destreza de Hércules Poirot puesta al servicio de los detalles nimios e intrascendentes como posibilidad de deshilvanar la trama del asesinato dejando en ridículo al lector, por su ceguera o tontera para no haber podido ver lo obvio (decía Chandler según me comentaron que es imposible “adivinar el asesino” en una novela policial clásica. El narrador se encarga a propósito de eludir toda la información necesaria para determinarlo. Si uno finalmente adivinó quién era el malechor, se debe a una mera coincidencia por fuera de la estructura y los elementos de la narración).

Todos sabemos que la tradición no la inició Christie sino que se remonta a “El cuarto amarillo” de Leroux y los tres cuentos policiales de Poe: “La carta robada”; “Los asesinatos de la Calle Morgue” y “El crimen de Marie Roget”.
Luego vino Conan Doyle que con su folletín Sherlock Holmes logró popularizar el género que no niego, ha logrado grandes exponentes y un fanático entusiasta y productor entre nosotros: Jorge Luis Borges y algunos policiales perfectos y hermosos como “La muerte y la brújula” (del cual se hablé casi al pasar en un post antiguo).
Pero ya está bien de todo esto, todos sabemos, el mundo es un lugar mucho más duro, asqueroso y cruel que el que nos pinta el Policial Clásico con su idea positivista de una justicia posible, de un orden interno alterado por la acción de un maniático o un descarrilado que puede ser restituido por el Detective.

Éste policial de fines del siglo XIX y principios del siglo XX entonces, evidentemente está impregnado de toda esa batería de creencias en la Ciencia y la superioridad del razonamiento y la inteligencia como medios humanos para construir un mundo habitable de seres felices.
El conflicto en el Policial Clásico se reduce a una alteración del estado de felicidad suspendido en el tiempo y las circunstancias. Un paraíso ideal, perdido momentáneamente, y recuperado luego de la aséptica labor del Detective. No hay choques de clases sociales, no hay conflictividad social, no hay calles sucias, no hay prostitutas ni mendigos. Por el contrario, el Policial Clásico suele transcurrir en territorio de una Aristocracia o una alta burguesía aburrida y los crímenes suelen resultar pasionales, basados en herencias o en odios personales que no trascienden el rencor de una vieja enemistad de altas familias o la disputa por un partido de Bridge.

Creo que fue Piglia el que hizo notar sin embargo, que el tópico del asesino Mayordomo incluso introduce una nueva cuña conservadora en el relato: el victimario no corresponde a la misma clase social que la víctima. El asesino, la célula infectada dentro del tejido social sano, es aquel que corresponde a una clase social subalterna. Y ni aún así se plantea la conflictividad social: más bien el relato resulta moralizante ; se separa, se extirpa el mal y se acaba el problema.
No es casual que el Policial Noir, el Policial Negro, el Policial Duro, la Escuela Norteamericana (todos sinónimos) haya surgido al compás de la Gran Depresión del ´30. El Policial Negro encuentra precisamente su materia prima en las situaciones sociales caóticas y en el derrumbamiento del orden y las certezas.

Y tenemos entonces a ese Marlowe, detective reciclado del policial clásico pero metido en traje de chico duro, melancólico y golpeado. Un tipo sagaz, inteligente con músculos de acero.
Tenemos esa novelita de Horace McCoy: “Acaso no matan los caballos” con la brutalidad puesta en escena a partir de los cuerpos desgastados en las competencias de baile, una construcción que lleva a desencadenar un final anunciado que arrolla con la furia desbocada de las tensiones narrativas acumuladas a lo largo de la trama.

Y por fin, tenemos a Ellroy. El tipo que tiene las bolas grandes.
¿Por qué tiene las bolas llenas de esperma? Porque su literatura es la literatura policial más masculina que haya leído. Porque es tremendamente directo, sus frases son cortas y secas. Casi no hay adjetivación (excepto por algunas breves disgresiones descriptivas un tanto forzadas en boca de un policía corrupto y de poco seso natural). Hay algunas abundancia de oraciones coordinadas por “Y” y sobre todo, hay una avalancha de acción, violencia, sangre, muerte, descuartizamientos, tortura y slang que no se perdió en la traducción (“Chicano” significa lo misno en inglés como en castellano) que te atontan por la fuerza con la que te las escupe el narrador.

Quisiera ilustrar con esta escena que me parece, condensa la síntesis narrativa de Ellroy.
Escena de interrogatorio a un sospechoso (Fritz Vogel y Bucky Bleichert interrogan a Robert De Witt):

Vogel golpeó a De Witt haciéndole caer al suelo, con silla incluída. El envejecido terror de las calles gimió y rió al mismo tiempo mientras escupía sangre y dientes. Fritzie se arrodilló junto a él y le pellizcó la carótida, cortando así, el riego sanguíneo a su cerebro.
- Bobby, niño, no me gusta el sargento Blanchard pero es un compañero, un policía y no voy a consentir que un canalla sifilítico como tú lo difame. Has corrido el riesgo de violar tu libertad condicional y obtener un viaje de regreso hasta San Quintín para venir aquí. Cuando te suelte el cuello me dirás una razón o volveré a pellizcártelo hasta que tus células grises empiecen a crujir y chasquear igual que los Kellog´s para el desayuno.

Otro momento en el mismo interrogatorio. Friz Vogel acaba de apalear a De Witt y le introduce la cabeza en el inodoro de su celda:

De Witt cayó al suelo , se arrastró hacia el retrete y vomitó en él. Cuando intentaba erguirse (De Witt), Fritzie le metió la cabeza dentro y se la mantuvo allí usando uno de sus grandes zapatos limpiados con salivazos. El ex proxeneta y atracador de bancos empezó a tragar agua con orina y vómitos.
- Lee Blanchard está en Tijuana – dijo Vogel – y tú has venido aquí en línea recta nada más salir de la Gran Q. Es una coincidencia condenadamente rara y no me gusta. No me gustas tú, no me gusta la puta sifilítca de la que naciste y no me gusta estar aquí, en un país extanjero infestado de ratas, cuando podría encontrarme en casa con mi familia. Lo que sí me gusta es hacerle daño a los criminales, así que será mejor para ti que contestes a mis preguntas con toda sinceridad o te haré mucho daño.
Fritzie apartó su pie; De Witt emergió del retrete, boqueando en busca de aire…

Claro, luego de leer todo este desborde de traducción ibérica uno bien puede pensar que ha visto estas escenas repetidas en mil millones de películas yanquis de medio pelo y traducciones peores. Pero lo interesante es que a Ellroy le debemos esa posibilidad (y a sus traductores, obviamente).
A ver, sostengo que la mejor frase de “Pulp Fiction” (y tiene frases increíbles, enmarcadas en diálogos increíbles) que es a mi criterio la que dice Marsellus Wallace cuando le dice a Zed lo que va a hacer con él
BUTCH: What now?
MARSELLUS: What now? Well let me tell you what now. I'm gonna call a couple pipe-hittin' niggers, who'll go to work on homes here with a pair of pliers and a blow torch.(to Zed) Hear me talkin' hillbilly boy?! I ain't through with you by a damn sight. I'm gonna git Medieval on your ass.

y tantas otras tienen sentido y dialogan directamente con esta narrativa desarrollada por Ellroy y sus grandes bolas.
(todas las citas de las páginas 261 a 263 de ELLROY, J., La Dalia Negra I, Plural, 2000, Barcelona).

Porque de eso se trata su literatura: bajos fondos de L.A., policías corruptos como protagonistas, putas violadas, pornografía, sifilíticos, adictos al crack o la heroína, mexicanos indocumentados, violencia muy explícita y algo de sexo más o menos explícito. En suma, es todo lo que J.H. Chase quiso ser y no pudo.

Pensaba que Ellroy es el primero (al menos de los que yo leí es el único, si me equivoco por favor corríjanme) en escribir un policial enfocado desde el interior de la misma institución policial.
El rol del policía en todo policial (clásico o negro) está relegado a ser una caricatura absurda que pone de manifiesto la ineptitud de la misma para resolver los crímenes. Es en ese espacio que se filtra el Detective o el Outlaw que como en el Far West, impone su propia ley a los tiros.
En cambio, en “La Dalia Negra” el narrador es un policía y todas las internas de la institución y sobre todo, sus miserias, están puestas sobre la superficie.

Lo interesante entonces de este tipo de policial es que parte de la base de lo que un compañero me decía hoy: El héroe viene fallado de fábrica.
Dificil empatizar con un policía boxeador que denunció a sus compañeros de militancia comunista para zafar de los tribunales McCarthistas, que apostó contra sí mismo en una pelea de boxeo, que se quiere acostar con la mujer de su mejor amigo y compañero de trabajo y que cuando coge con otra mina acaba pensando que está penetrando a la víctima del asesinato cruel y espantoso que está investigando. Esto sin contar las sesiones de tortura a las que somete a sus sospechosos.
No hay un lugar, un resquicio para la esperanza en la novela de Ellroy.

Si Marlowe representaba a un tipo demolido por la vida y las circunstancias pero que mantenía ciertos códigos de honor y le imprimía con su cinismo y romanticismo de perdedor a la Bogart un toque de esperanza a las novelas de Chanlder, Bucky Bleichert (narrador y protagonista de “La Dalia…”) no puede ponerse sobre sus hombros ninguna responsabilidad más allá que salvarse a sí mismo.

Y en eso también es terriblemente masculina la novela de Ellroy (más allá de las comparaciones de estilo que lo ubican casi como el Hemingway del policial negro como se ha visto): una narrativa del salvarse a uno mismo, de no tener compasión ni piedad por nada ni nadie, una novela que no juzga las conductas misóginas de sus protagonistas y donde el honor se gana a base de pura hombría, puro sudor, pura puesta en escena.

La hermana perdida de Lee Blanchard, es quizás, la única motivación que permite sustraer a los personajes de sus razones egoistas y le devuelve algo de dignidad al personaje. Aunque no deje de estar puesto al servicio de la construcción de una imagen de masculinidad muy típica: el policía que quiere vengar la afrenta sexual a su hermanita indefensa.

Cuentan que Ellroy escribió la novela impactado por el caso real de la Dalia Negra y porque su asesinato guardaba mucha similitud con el asesinato de su propia madre. La dedicatoria del a novela dice:

Para
Geneva Hilliker Ellroy
1915-1958

Madre:
veintinueve años después,

esta despedida de sangre.


Como dije, Ellroy tiene las pelotas bien grandes. Me imagino que las tiene bien sudadas también, bien masculinas. Pura testosterona. Decían (en IGN) que Sin City es el “noir en esteroides”. Entonces, Ellroy es el “noir en testosterona”.


El tipo construye su propia masculinidad vengando el destino trágico de su madre con una novela. En todo caso parece ser que le va a ir mejor que a Blanchard y su intento de vengar a su pequeña hermanita. Eso por ahora. Quizás me equivoque. En todo caso lo voy a saber cuando termine de leer el libro entero.

11 comentarios:

s. dijo...

Está bien Ellroy. Está bueno el post. Pero en la sintética historieta de la novela negra que hacés, sugeriría que el lugar que le atribuís a Ellroy, le corresponde al grande entre los grandes no ya de la testosterona, sino de la proctología (de la que la testosterona ocuparía un mero capitulito): big JIM THOMPSON. Casi cualquier novela, pero si hay que quedarse con una: "1280 almas" y basta.
Saludos desde España.
sg

Perro Negro dijo...

s. me quitó las palabras. Mi post original iba a ser:

-NO DECIS NADA DE JIM THOMPSON!!!, acáso éstas "chalao"-

Ahora cómo s nombró pop.1280, yo nombro Bad Boy y Roughneck (autobiográficas) y The Kill-Off o The Grifters, aunque también está South of Heaven, etc.

Y acá debo decir, que para leer malas traducciones hay que poner la mnte en otra sintonía y hacer de cuenta que es el lenguaje común, sinó cada tropiezo con "gilipolladas" o "majareto" te pueden poner muy mal.

Rufián Melancólico dijo...

De Jim Thompson se consigue "1280 almas" en la edición tristísima que sacó Clarín con la editorial chilena (tristísima) Sol 90.
Pensaba leerlo de ahí dentro de poco. También tengo "En bruto".

Cómo le comentaba a S., el que leí con mucho entusiasmo y me pareció una garcha (aunque sólo leí una novela) es David Goodis.

Mención aparte merecen las geniales novelas de Boris Vian firmadas con el seudónimo de Vernon Sullivan. Leí tres: "Que se mueran los feos" (no entra dentro del canon del policial), "Escupiré sobre vuestras tumbas" (genial) y "Todos los muertos tiene la misma piel" (menos genial, pero genial igual).

Dario dijo...

Hace mucho que quiero leer a Ellroy pero todavía no tuve oportunidad (ahora estoy con Moorcock finalmente).

Esa frase de Pulp Fiction es genial. Sin dudas uno de los momento más altos de la película, y eso que no hay momento bajos en Pulp Fiction.

Carlos dijo...

Me conseguí "A causa de la noche".Lo leíste, rufian?

Perro Negro dijo...

Pensar que en los 90 compraba las de Jim a $ 1.00 y las regalaba...

Rufián Melancólico dijo...

Darío: vale la pena Ellroy. Es un grande. Y el diálogo de Pulp Fiction le debe todo.

Carlos: no conozco el libro, pero como decía una propaganda: "Si es Ellroy, es bueno".

Perro: No te habrá quedado algún librito de Thompson suelto?

Anónimo dijo...

Lola. c

zzz...

Rufián Melancólico dijo...

Che, me lee Lola Copacabana? Que bueno! ahora te lo puedo decir en la cara: tu blog es el bodrio más grande que haya leído!
Podés investigar viejos posts de este blog en donde te lo decía pero más que nada como palabras al viento.
Ahora que sé que me lees (si sos vos) te lo digo directamente: tu blog es un muuuuuy aburrido.

Adrian Carreño dijo...

Estimado Rufián: veo que compartimos gustos literarios, solo leo aquellos libros que me atrapan de las solapas (sin dejar de pellizcar un poco de piel por supuesto) y no me sueltan,
me gustaron entre, otros, la naranja mecánica, matadero 5, la familia de Pascual Duarte, cosecha roja, 1280 almas y muchos mas; los escritores demasiado eruditos que escriben para ser admirados y estudiados por la critica "¿que habrá querido decir?" parece que estuvieran masturbándose públicamente para ser admirados por generaciones, esos en general no me atraen. Como estoy esperando la carroza y no quisiera morirme sin haber leído algún buen libro que quizás este esperando en tus grises laberintos para encontrarse conmigo, te agradeceré me recomiendes libros,uno, diez, cincuenta (eso dependerá de tu tiempo y ganas)que sean tus preferidos o elegidos.
Muchas Gracias de Adrian

Rufián Melancólico dijo...

Esitmado Adrián: me alegra lo que me contás y lo que puedo decirte es que releas algunos de mis posts con críticas o reseñas literarias. Suelo reseñar lo que me gusta.

Acá algunas:

1)Palanhiuk

2)Bret Easton Ellis

3)J.G.Ballard

4)Reseña de los 45 libros que leí en 2005

5)La sección de mi blog: Literatura y realidad donde vas a encontrar muchas recomendaciones de libros baratos que se consiguen en la calle Corrientes.