15 de agosto de 2008

Los años maravillosos

Año 2003
Barrio Almafuerte
Ex del Rufián - Rufián


El otro día fui a la presentación de Villa Celina de Juan Diego Incardona y por una vez escuché, en una presentación, algo que me hizo pensar que había valido la pena ir. No sé si fue Schettini o Ríos o Mairal o si fueron los tres juntos, fragmentos de cada uno de ellos, pero lo que importa es que alguien dijo que lo que pasaba al leer los cuentos de Incardona era que uno se lo imaginaba a ese personaje como un eterno niño. No habría una melancolía adolescente o una restitución del tiempo perdido y añorado sino un espíritu infantil en desarrollo perpetuo que se desplazaría por todos los cuentos.
Creo que era lo que necesitaba escuchar. Le dio palabras a mis ideas dispersas. Más que ideas dispersas lo que tenía era un sabor en la boca. El sabor del recuerdo.

Ciudad Evita

Mi primera novia me dijo que vivía en Ciudad Evita. En realidad no era exactamente así. Vivía en el Barrio Almafuerte que está ahí nomás de Ciudad Evita, al final de la Avenida Crovara, frente a lo que fue el Regimiento de Tablada. Ahora ahí hay un supermercado Auchán. Al menos había un supermercado Auchán hasta el 2004 que fue la última vez que estuve en su casa.
Como escribí la semana pasada, nací en una familia de clase media progresista y me mandaron a un colegio primario pretendidamente progre. La secundaria la hice en el Liceo Nº 1, que queda en Santa Fé y Laprida.
Cuando tenía 18 años viajamos con el Bolchevique Superstar a Europa durante 45 días. Puedo decir que conocí antes la Westminster Abbey de Londres antes que la Iglesia de San José de Flores del barrio homónimo en Buenos Aires. Conocí antes el cementerio judío de Praga que el cementerio judío de Tablada. Estuve antes en Viena que en el barrio de Barracas. Estuve antes por los canales de Venecia que por Mataderos.
Viví una vida entre algodones y cuando volví y me pegó duro la adolescencia tardía y me di cuenta lo solo que estaba en el mundo, entonces ahí fue cuando caí y me di cuenta que había vivido toda mi vida en mi propia cabeza, en mi interioridad fóbica social.
Y entonces llegué a Buenos Aires y ponele que tuve uno escarceos con algunas minas. Ponele que salí un mes con una, un mes con otra, que pasaron algunas pelotudeces, nada importante y de pronto, la conozco a ella, mi primera novia, y la conozco por mail, porque la mina estaba viviendo un tiempo en la casa de su tía en Canadá, cerca de Toronto y mail va, mail viene, le pregunto: “Dónde vivís?” y me responde: “En Ciudad Evita”.
Para mí era como que me dijeran: “Evita la ciudad”. Afuera. Vivir afuera. Estar afuera de la Ciudad, de lo conocido.
“¿Dónde queda eso?”. “Por La Matanza”.
El mundo se terminaba. Más allá de la General Paz, más allá de los límites de la propia cuadra de casa, el mundo era inexistente.
Volvió de viaje, nos conocimos, nos pusimos a salir y un día después de insistirle mucho, aceptó invitarme a su casa.
Creo que la primera vez que hice la combinación de colectivos (141 y después 126) para llegar hasta allá, la primera vez que bajé ahí, donde termina Crovara y me llevó cruzando rápido y me hizo subir tres pisos por escalera de la primera unidad de monoblocks que tenía frente mío, el primer monoblock que veía desde adentro, debí haberme sentido muy raro, muy extraño.
Y después vino todo el resto de adolescencia que mezcló: Primera Novia + Primera salida a la vida real. Un cóctel completado por operación de apendicitis, experiencias con la muerte más o menos cercanas, experiencias que no había tenido hasta entonces, noches pasadas en el departamento del monoblock, con los perros pulgosos, con el pelaje manchado de aceite de autos rondando por la zona, los tiros, la cumbia que se escuchaba todas las noches y amanecer al día siguiente con el sol que iluminaba las callejuelas del entramado como si fueran zona de guerra.
Estaba adentro y es más de lo que puedo decir de mucha gente que conozco. Estuve adentro.

Villa Celina

Entonces leo el libro de Incardona y encuentro la épica barrial del pibe que vivió allá. No allá, pero cerca. En el suburbio, en el conurbano, en La Matanza, con la vista de los Monoblocks, con los perros pulgosos como el Perro dos Narices, el potrero, los ritos del barrio, lo que nunca viví de pibe pero que me tocó saborear, desde afuera, con la ñata contra el vidrio, cuando tenía 19-20 años.
El sabor del recuerdo. El sabor de la historia que no tuve y que en algún punto viví desde afuera, como el pendejito de clase media progre que siempre fui. La leyenda del Hombre Gato, el túnel de los nazis, pero también el Midi, los juegos con los pibes del barrio, el aguante barrial ante La guerra, los perros rabiosos que andaban sueltos.
Creo que lo que me emocionó de Villa Celina fue eso: toda esa construcción de una epicidad para el resto, lo marginal, lo sobrante, lo que nunca conocimos los que vivimos en una época en la que el Barrio desapareció como espacio de sociabilidad que fue mediada y cooptada por la aparición en nuestras infancias de las tecnologías de entretenimiento.
Si el narrador de Villa Celina parece un eterno niño es porque habla con ternura, no melancolía, sino recuerdo como el que aparece en una foto decolorada por el paso del tiempo.
Y en esa ternura, no hay espacio para “Literatura chabón” o el rótulo estúpido que quieran ponerle; lo que hay es devolución de una épica realista (si es que algo así es posible) a un momento, a un tiempo, a unos recuerdos que filtran quizás también, algo de la tristeza de lo que pasó y quedó en el tiempo. La tristeza de saber que algún día eso se quedó allá y por más que uno vuelva a pisar ese mismo lugar, ya no está.

El círculo completo

Villa Celina me recordó a mí mismo una etapa hermosa y trágica de mi vida; porque con el paso del tiempo, la infancia, la adolescencia, el barrio, el primer amor, lo que nos despierta a la vida, las figuritas que perdimos, todo eso, se conjugan y hacen que uno sonría cuando se acuerda de esa época y siga adelante.
Pero al menos este recuerdo, este niño-narrador de Villa Celina me tironeó de la manga y me devolvió un poquito de mi propia historia.

11 comentarios:

Cassandra Cross dijo...

Qué bueno que un texto genere esas sensaciones y motorice los recuerdos.
La vida sin tragedia y sin pequeñas y grandes conmociones no tendría el gusto de ser vivida. Y las leyendas!

Saludos, Rufián, me gustó este texto y espero también me gustará leer Villa Celina, hasta ahora todas las críticas son elogiosas.

Eric Grinberg dijo...

Muy buen post. Yo era un chico clase media de Villa Ballester, y nunca anduve por la zona, pero algunas leyendas eran similares: la del hombre gato, por ejemplo. En mi barrio también había uno. Me acuerdo del verdulero contandole a las vecinas aterradas que lo había visto trepándose al techo de una casa. Y también (aunque preferiría no acordarme) de que mi vieja le preguntó si el hombre gato iba en cuatro patas o en dos.

Canalla dijo...

actualiacion:

*El auchan... ahora es un wal- mart

*Tecnicamente(?) el Barrio Almafuerte es el que esta pasando Crovara, más conocido como Villa Palito (el cual ahora esta siendo refaccionado y las antiguas casas demoliadas) Donde vivia tu novia, era simplemente los monoblocks de la tablada.

Saludos

ana. dijo...

Preciosa evocación.

Rufián Melancólico dijo...

Canalla: Gracias por las precisiones. Siempre me quedó la duda de realmente qué lugar eran esos monoblocks.

Al resto de los comentaristas: Gracias y saludos.

El inconsistente dijo...

Rufián: Que buen relato. Totalmente delicioso

Mi única conexión con la Tablada es que hice la colimba en 1990, un año después de la frustrada toma de este regimiento por parte del MTP.

Había tanta locura y paranoia entre los militares que yo hacia guardia con chaleco antibalas, y teníamos la orden de disparar a cualquier vehículo que se acerque a la reja de entrada.

En la instrucción nos mostraban las fotos de los colimbas corriendo en calzoncillos cuando se escapaban de aquel tiroteo sangriento.

Recuerdo muy vívidamente a un teniente diciéndome "XXX (mi apellido), si lo veo escapándose así, le pego un tiro en la nuca" El apellido del teniente era Torres. No puedo decir que fuera un gran tipo...

En fin, totalmente descolgado mi recuerdo. Perdón

Victoria dijo...

muy lindo post.

sge, claro que sge dijo...

muy bello post pepè, bellisimo...

Lo único....tu novia estaba un poco pálida ese dia!

Rufián Melancólico dijo...

Querida Betty:

Te referirás a mi EX novia. Y sí, estaba pálida de muerte no? Ahora ya está enterrada!

AleLo dijo...

Eras Borges!!!!!!!!!!!! jajajaj
Muy bueno Besososososo

MatiAsF dijo...

como me gustaria una novia que viva en la Tablada, y que la madre tenga una panadería...