23 de enero de 2009

Cómo hablar

Reseña

Tenemos que hablar de Celia Dosio

El género exige porque es un molde, unas cuantas recetas que requieren ser cumplidas para satisfacer al público lector de ese género.
La “novela femenina” (que no es lo mismo que la novela rosa) parece ser un subgénero reciente, quizás producto de la “modernización” de las mujeres sexualmente liberadas, laboralmente activas que salieron al mundo, como todos sabemos, gracias a Sex and the City.
Las reuniones de tupper se reemplazaron por las reuniones de DVD: las temporadas de la serie listas para ver entre amigas.
Y si bien es gracias a ese otro estereotipo de minas hablando de sus experiencias en la cama, quejándose de los tipos, comprando mucha ropa lujosa y en general, insatisfechas con sus vidas, quedó como una nueva construcción del estereotipo femenino, la tevé y los libros de la onda “Mujeres liberadas” siguen insistiendo con estas construcciones.
Seguro que alguien ya lo dijo, y creo recordarlo vagamente de alguna crítica de la película de Sex and the City: el modelo hizo de estas mujeres, hombres.
Si los rasgos de una masculinidad tosca se establecían en unos pocos rasgos (que podrían ser: groseros, tomadores de cerveza, obsesionados con el sexo y el fútbol, machistas y conquistadores seriales de mujeres (o su contraparte: perdedores obsesionados con lo que no tienen)) la serie se encargó de igualar de algún modo los tantos y generar un estereotipo femenino casi asimilable al del hombre (compradoras compulsivas, obsesionadas con el sexo y en especial, la insatisfacción femenina, promiscuas pero respetables (nunca putas), obsesionadas con los chismes y envidiosas de sus amigas).
En este estrecho panorama es dificil ver cómo un producto dentro de este target podría salirse al menos unos pasos de lo ya dicho o en todo caso, cómo escribir algo nuevo dentro de lo ya dicho.
Tenemos que hablar, la primera novela de Celia Dosio da una dosis de ambas.
No escapa a los clichés genéricos (y haría mal haciéndolo; en última instancia el género vive por las repeticiones y una lectora de la colección que publicó la novela no querría leer una vuelta airana al asunto) pero al mismo tiempo se permite introducir pequeños desvíos, casi imperceptibles en la prosa que es ágil y sin preciosismos y de pronto, en algunos fragmentos o algunos capítulos enteros, se permite un comentario sutil, o una vuelta del narrador que se pierde y termina opinando directamente.
No es menor. Algunos chistes intelectualoides (genial la salida de Martina con el letroso donde describe una lectura de poesía, una fiesta decadente y un tipo obsesionado con la ostranenie. En general, los capítulos de Martina son los más logrados, donde la voz narrativa parece sentirse más cómoda. No son tan explícitos, tienen ironía y ritmo),
un comentario acerca de las percepciones que termina comprometiendo bastante al narrador, una trama que si bien cumple en satisfacer (da la cucharadita de azucar del placer culposo de una literatura hecha para consumo directo, sin contratiempos) y es bastante lineal, no es sin embargo, absolutamente feliz en su resolución como era de esperar.
Hay un cierto tono irónico-agrio que es interesante y se siente.
Las mujeres fracasadas que gestan durante la novela su reencuentro no dejarán de ser fracasadas por ese encuentro, pero tendrán un respiro.
En ese sentido el último capítulo de la novela es el más jugado a nivel experimentación (lo que puede esperarse de una novela con las características antedichas) y juega con las mismas convenciones del género, donde la fiesta de hadas termina siendo un esperpento decadente y la narradora se permite introducir un par de ironías (en especial cuando relata el Carnavala Carioca):

Empiezan a repartir el cotillón comprado en la casa con un nombre tan enigmático como “FestiChola”.
(p.203)

El trencito y las ruedas de tipos desaliñados y borrachos cantando a los gritos: “sooomoo lo que somo, decadentes, así somo” y ya no queda espacio para la ilusión de que un mundo mejor es posible.
(págs. 204 y 205)


Hay una apropiación muy correcta de cierto lenguaje tecno-freak o semi-geek. Muchas referencias a cultura popular bien puestas que definen la franja etaria llevándola a las referencialidades típicas de una mujer de treinta y pico inserta en determinados grupos cool.
Entonces, si bien hay género y hay simpleza en la trama, también hay espacio para ciertos pequeños puntos de fuga que chocan con el género y lo llevan a una sonrisa cómplice del lector, un interés genuino en ver la forma en que la prosa se encargará de relatar una historia que se puede ir prediciendo y que por eso mismo, genera placer.
La literatura de género tiene su valor en la forma en que cada escritor se apropia de los mecanismos rígidos y los pone a funcionar a su manera. En ese sentido, Dosio no sólo es efectiva, sino que le agrega una cuota de diversión que no se queda sólo en el regodeo del lamento cool de las insatisfechas.

3 comentarios:

Ana dijo...

Las chicas de sex and the city no se envidian entre sí, ¿eh? Ni Bridget Jones con sus amigas. La lealtad y la amistad que se gesta entre mujeres es un componente muy preciso de la chick lit. Quien genera celos es alguna "otra", que viene a ser el personaje antagonista que tiene que haber en todas partes. Pero envidia, jamás.

Anónimo dijo...

¡Otra vez en Radar! Congrats.

DRODRO dijo...

Literatura de género de género?