27 de febrero de 2009

Está hablando del fasooo

Porrovideo de Jorge Alfonso. Y sí... está hablando del faso.


De las varias cosas bonitas e inesperadas que me sucedieron en Montevideo, sin lugar a dudas una de las más agradables la pude apreciar recién cuando llegué a Buenos Aires.
Y es que mientras estuve allá me tuve que dedicar a preparar la entrevista que le hice a Ercole Lissardi, recorrer la ciudad, sentarme en muchos bares diferentes a tomar mucho café (otra sorpresa: el café de Montevideo es lo más) y leer algunos de los libros que me había llevado. Por lo que cuando Martín de Hum Editora y Estuario Editora me habló del libro de Jorge Alfonso (Porrovideo) lo máximo que pude hacer fue interesarme en la anécdota de cómo había llegado a sus manos el original: un tipo se le apareció en la puerta de la casa y entregándole el manuscrito en la mano le dijo: “Este libro es una obra maestra. Me tomó tres años escribirlo y vas a ver que no te va a quedar otra que publicarlo”. Lo que al parecer fue una profecía que se cumplió. Eso según el editor de un libro que me estaba regalando podía parecer a exageración. Además a mí la cultura porrera y drogona no me interesa casi para nada (cuando leo literatura drogada prefiero que sea acerca de drogas duras como heroína para sentir un cosquilleo de emoción).
Sin embargo lo primero que me llamó la atención de este librito compacto y fácil de transportar, fue su diseño: un intenso verde flúo acompañado de azul y blanco con un dibujo de tapa que es una rata lectora muerta por el Space Invaders. Demasiada referencialidad nerd como para no sentirme interpelado.
Entonces cumplí con un rito que no es común en mí: leer un libro de cuentos.
Y la verdad es que esta reseña distará mucho de ser objetiva o mínimamente fundamentada en teoría porque me pasó que disfruté tanto de este libro que me resulta dificil apartarme del placer de la lectura y empezar a pensar en sentido de su estrucutra, sus herramientas constructivas, sus pliegues y uniones. Simplemente es un libro increíble. Divertidísimo.
Pero lo intentaré de todos modos. Intentaré que esta reseña tenga un mínimo de seriedad.
El primer cuento (El aire del barrio) empieza con una ineludible referencia nerd: el narrador (que se repite en todos los otros cuentos) está jugando a uno de esos viejos juegos bizarros de aviones para consola/PC en los cuáles el jugador batallaba con un mínimo avioncito contra moles a escalas imposibles que arrojaban bolas de colores como para reemplazar en escena las balas y uno tenía que hacer terribles maniobras para superar.
Un buen comienzo. Luego la acción se desplaza al barrio, los amigos, la nada misma y el porro. Y decir que todos los cuentos tratan de eso sería injusto. No, estos cuentos no tratan de la nada como se ha visto ya hasta el hartazgo el reflejo de una nada sin sentido que todos conocemos y que lejos está de ser carveriana. Estos cuentos están más cerca de Hemingway que de Carver porque la parte oculta del iceberg está ahí. Está presente. Hay algo debajo de la superficie y a veces es más superficial, a veces más profundo, a veces apenas se ve que hay algo, pero ese algo existe. Los cuentos no se limitan a las descripciones que podrían tranquilamente quedarse en la categoría de “prueba de estilo” o “entrenamiento narrativo” o como quieran llamarse a esos relatos vacíos que se limitan a describir escenas que pueden ir de cómo un tipo toma un plato de sopa a cómo dos amigos se encuentran en una fiesta en la que no sucede nada en absoluto.
Mi hermano y yo y la noche triste relata una escena desopilante en una cena poco normal y no se queda ahí sino que sigue al relato del encuentro delirante con una punk y otro tipo en la parada de un colectivo.
Ingeniería de las naranjas salvajes relata una experiencia laboral patética bajo la impronta de un cinismo bukowskiano muy afilado y divertido, con pequeñas inserciones de pensamiento a modo de anotaciones en un cuaderno.
Subir hasta el cielo sí relata una fiesta en la que no sucede mucho pero esconde la tristeza del nerd, que el narrador asume con timidez ser, en un mundo que no entiende. Es un relato desapegado, casi objetivo en el que la premisa de la joda está mediada por las formas de encontrar esa joda y diversión. El desenlace parece sentar las bases de una modalidad de escritura nerd que no había leído en escritores latinoamericanos hasta ahora.
El mejor amigo del perro es uno de los relatos mejor logrados donde la cotidaneidad es un relato del desastre, de las violencias ocultas, el descuido y la desprolijidad de unas vidas poco interesadas en nada más que el egoismo.
En la misma línea se encuentra Navidad con una gata anaranjada que probablemente sea el mejor relato del libro. Contiene una frase que nuclea la tristeza melancólica de todo el libro, de la vida de los que nunca supimos bien qué hacer con nuestra vida nerd y sensible:

Sin odio sin rencor podría contarle todo esto y explicarle que por eso creo que el mundo es un infierno. No por hijos de puta como él, sino por ese porblema que tiene la gente como yo, que quiere buscar siempre una explicación, un sentido para tanta maldad imbécil. Gente oscuramente optimista que a veces se ilusiona pensando en supuestos mandatos del azar que no aclaran nada.
Pero también me gustaría desearle que por todas las Navidades que queden por venir se acuerde siempre de un muchacho con un cachorro muerto en su falda el veinticinco de diciembre. (p.84)

Pero más allá de la melancolía también hay lugar para cuentos más relajados que se explayan un poco sobre el submundo de las drogas blandas y así en Marcelo: “Pienso, luego me drogo” el relato de un viaje con té de floripondio es menor pero divertidísimo o El fiambre de cada día donde el narrador tiene que contener sus ganas de reírse por efecto de la marihuana en una fiambrería mientras el fiambrero corta fetas de salame. En busca del elefante blanco relata con bastante cinismo una excursión para buscar merca y Soledad a la manera de Chéjov en los tiempos que corren empieza pareciendo un relato menor pero termina lleno de patetismo y desilusión, con el narrador metido en una reunión con amigos que se está produciendo al mismo tiempo y en el mismo lugar que una reunión de la madre de uno de esos amigos y sus amigas, donde esta madre termina borracha y triste.
El libro de Alfonso se lee con facilidad y placer. Su prosa está bien cuidada y no deja palabras al azar. Sus situaciones parecen mínimas pero esconden aspereza, tristeza, melancolía y barrio.

El libro no se consigue todavía en la Argentina, pero Martín, el editor estará viniendo para Buenos Aires en los próximos días (posiblemente el Lunes 9/3) por lo que si alguien inspirado por esta reseña lo quiere adquirir, escríbanle a él de mi parte:
humeditor@gmail.com

Y de yapa un video del día en que se presentó el libro en el acto del día mundial por la legalización de la marihuana en Montevideo. El autor leyendo un poema propio: Jessica Jenny Rodriguez.



4 comentarios:

Settembrini dijo...

Oh, por Dios, a veces te dan ganas de conseguirte una máquina del tiempo, viajar al momento en que Gordon Lish estaba entrando en la universidad, y pegarle un tiro en las bolas para salvar al Leserwelt de Occidente.
Después, sobre el tema cannabis, ojalá fuese cierta toda la perorata que cuando yo era chico le oía cantar al Dr. Miroli a Fleco y a Male, pero lamentablemente ahora me doy cuenta de que estaba exagerando el tipo. Ojalá el porro fuese así de mortal como lo pintaban: solucionaría un problema social en vez de obligarnos a tolerarlo como nos pasa ahora.
Y con respecto a la portada de "Porrovideo", la verdad que me parece horrenda la elección de colores; yo la hubiese hecho negra con los demás textos y gráficos en verde chillón, como en las computadoras de antaño.

Ah, y sobre Lissardi es increíble como la Internet con sus tube8 y sus tusereceto.com nos van liberando cada día más rápido de tipos así. Quiero decir, la transformación de las prácticas, hábitos y propósitos de la lectura se viene revolucionando por lo menos desde hace dos décadas. No sé si será bueno o malo para la literatura, pero es así.
Bueno, a quien engaño, malo no es, así que...

Anónimo dijo...

Rufián. ¿Se consigue en Buenos Aires el libro?


Juan

Rufián Melancólico dijo...

No, no se consigue todavía. Pero el editor viene a Buenos Aires el lunes que viene. Pedíselo: humeditor@gmail.com

Anónimo dijo...

Suena un poco snob que te desligues de la cultura “drogona”, usando un término peyorativo, después de alabar al café algunos renglones arriba.

Alguna gente que aprecio pasó momentos feos por tomar decisiones que competen solamente a la esfera individual, entonces no me parece bueno divulgar esas formas de ignorancia.
Saludos,
Gustavo