23 de marzo de 2007

Inquisiciones Literarias: la lenta y continuada decadencia de Paul Auster


(La tapa del último libro de Auster tiene una hermoso foto de portada. Acaso lo mejor de todo el libro.)

Hubo una época en la que Auster supo ser un escritor sumamente interesante, concentrando en sus libros historias lo suficientemente potentes como para atraer por igual a la crítica y al público masivo.
Pero ese tiempo, lamentablemente, ya pasó.

Novelas como El palacio de la luna, Leviatán, La música del azar y La Trilogía de Nueva York sustentaron a Auster como uno de los narradores más originales e interesantes de los años 90.
Las tramas, siempre complicadas, siempre llenas de vueltas de tuerca inesperadas tenían la particularidad de ramificarse en escenarios impredecibles y situaciones siempre nuevas.
Recuerdo que hace un año cuando leí Moon Palace, iba por un tercio de la novela y pensaba que ya no podía agregarse nada nuevo, no entendía como iba a hacer el narrador para desarrollar más trama en lo que le quedaba de 2/3 de páginas por delante. Es decir, estaba tan condensada la acción en esa primer parte de la novela que me parecía ya no había nada más que agregar, ya había una novela en ese primer tercio.

Esa era la particularidad del Auster que supimos disfrutar: la posibilidad de encastrar historias, de generar la tensión de lo no evidente: disponer de una trama desparramada de forma tal en la que los silencios eran más fuertes que las certezas y por lo tanto el lector nunca terminaba de entender las motivaciones de sus personajes ni las resoluciones de sus novelas.
Había un hálito de misterio, de inconcluso en las mejores novelas de Auster y el lector jugaba complacido ese juego.

El problema de Auster se remonta a cuando empezó a aplicar sus propios procedimientos una y otra vez en novelas que fallaban en generar suspenso, ansiedad por conocer eso que se nos ocultaba y que terminaba planteando personajes bastante trillados y autocompasivos.
Pienso en las últimas cuatro novelas de Auster y veo siempre lo mismo: ancianos, viejos, gente débil.

El libro de la ilusiones, La noche del oráculo, Brooklyn Follies y Viajes por el Scriptorium tienen por protagonistas a estos seres venidos a menos que se encuentran con situaciones que son apenas una copia deslucida de las situaciones planteadas en las primeras novelas que mencioné.

El vigor y el vitalismo de los personajes jóvenes que se internaban a vivir aventuras en un Estados Unidos desconocido y casi fantástico fue reemplazado por lamentaciones urbanas en Nueva York o en un cuarto blanco como en la última novela.

Llegamos entonces a este última novela, que si bien sube un poco en cuanto a calidad respecto de Brooklyn Follies, parece ser una especie de testimonio del acto creativo alla Auster: tenemos todos los lugares comunes de su poética ; una historia encastrada en la historia principal, unos cuantos misterios que nunca se resuelven (aunque, francamente, pensar en quién y por qué cambió las etiquetas denominadoras de los objetos del cuarto me parece bastante pueril, tanto como la idea de pensar por qué fueron puestas desde un comienzo esas etiquetas o si existe o no un armario en ese cuarto en el que está Mr. Blank), un protagonista viejo, autocompasivo y bastante obsesionado con el sexo que se transforma en un erotismo vulgar.

Las situaciones de intriga que se plantean en la novela pierden toda fuerza al resolverse la intriga principal de la trama: el resto pasa a no importar en absoluto una vez que se leyó la última página. El efecto Auster cae catastróficamente.

Incluso las disgresiones sobre aspectos fisiológicos hace su irrupción con vómitos, meadas encima, eyaculaciones, flatulencias y materia fecal. Como si la técnica Auster requiriera alguna mención escatológica para funcionar. O como si el narrador se hubiese visto obligado a llenar páginas de un relato corto. Si sacamos lo excesivo nos queda una nouvelle. Quizás hubiera sido más sincero: aplazar la resolución de una trama tan solo para seguir agregando páginas al relato me resulta poco honesto.

Auster mezcla todos sus procedimientos y nos cuenta una historia bastante previsible que se vuelve apenas disfrutable en la identificación de personajes de sus anteriores novelas.
Pero apenas nos da pistas o referencias a aspectos de estos personajes y teniendo en cuenta que escribió una docena de libros con varias docenas de personajes en cada una, el reconocimiento de un personaje entrañable de alguna antigua novela por referencia del nombre se hace casi una misión estúpida por lo ridícula.

Entonces tenemos a este Mister Blank que encerrado en un cuarto blanco y vestido de blanco tiene un blanco mental y no entiende qué le sucede.
Podría haber sido una gran novela de Auster.
Cabe recordar los personajes de la novela Fantasmas, acaso la más lograda de la Trilogía de Nueva York, también partían de ideas similares: pocos escenarios, observación permanente de un personaje a otro y nombres como colores.
Pero queda claro a poco de comenzadas las 186 páginas de la novela que el tal Mister Blank es tan solo un escritor jubilado que está siendo interpelado por sus creaciones imaginarias.
A falta de autocompasión, el hombre se permite ciertos abusos sexuales con sus creaciones femeninas.

El resto es leer una historia plana que lo único relativamente interesante que introduce es la posibilidad de generar narraciones a partir de una idea, y en eso está el relato incrustado.
Pero más allá de eso, que ni siquiera es una idea demasiado original ni está muy desarrollada, el resto parece un paseo aburrido hasta la página final.

No trabajo mezclando biografía del autor con la obra, pero considerando que Auster dijo estar pronto a retirarse, no puedo dejar de pensar esta última novela suya como el alegato del Auster escritor: un tratado autocompasivo de un escritor terminado al que todavía se le permite seguir mostrando chispazos de la genialidad que lo caracterizó y tocarle las tetas a una de sus creaciones o que otra de ellas le haga una paja.

Todo en carácter medicinal, todo como terapia, todo como tributo por lo que él hizo.
Porque es cierto, les destinó un destino terrible a sus personajes, pero todos ellos saben que hizo lo mejor que pudo y que gracias a él, ahora son inmortales. Por lo tanto, ¿Por qué no darle unos gustos al viejo, al Padre?
Lamentablemente, el gusto no nos es dado a los lectores.

7 comentarios:

Mariano dijo...

parece que tuve suerte, casi todas las novelas que leí de Auster están entre las buenas (las primeras que mencionás), salvo Tombuctú y Mr. Vértigo, que fueron, entre otras cosas, el motivo por el cual abandoné o al menos postergué, la lectura del resto...

creo que mi favorita es La Música del Azar, seguida de cerca por Fantasmas.

Rufián Melancólico dijo...

Comparto tu top 2 de Auster: La música del azar y Fantasmas son lo mejor que nos dio el gran Paul.

la enmascarada dijo...

A mí me gustó mucho "La invención de la soledad", por eso tiendo a pensar que Auster es mejor cuando habla sobre él mismo, como en "A salto de mata"
Esa falta de capacidad para revestir de ficción los pensamientos y experiencias es un problema para un novelista. En fin, a pesar de lo malo que tenga Auster, para mí es como Woody Allen o César Aira; tienen obras buenas y malas (algunas bastante malas), pero con las pocas buenas ya se ganaron su lugar.
Saludos!

Anónimo dijo...

aburridooooooooooooos

como viejas que leen la nacion

Dario dijo...

La música del azar es mejor que El palacio de la luna? me imaginaba que era tu favorito.

Perro Negro dijo...

¿La decadencia de Auster es paralela a la de Saramago?

Rufián Melancólico dijo...

Lo de Saramago fue Post-Nobel.
A partir de la publicación de "La caverna" todos sus libros fueron malos (incluyendo ese mismo, desde luego).

Lo que hizo con "Ensayo sobre la lucidez" es francamente terrible.