1 de abril de 2007

El número 3 (30 y 300)


Estoy rompiendo una regla que hace tan sólo dos semanas me había autoimpuesto: un post por semana.
Admiro y envidio a los que lo pueden hacer todos los días. Yo soy más humilde en mis pretensiones.
Además, si escribiendo una vez por semana tengo que bancarme que algún pelotudo me venga con el libro de texto del EGB diciéndome que escribo mal, no me quiero imaginar lo que sería mi vida blogger con una mayor frecuencia de publicación.

Pensé en escribir por un simple motivo de autopropaganda: salió El interpetador número 30 y como en el número anterior, participo con una reseña-crítica de un libro de literatura argenta contemporánea de esos que probablemente nadie quiera leer.
Excepto yo y mi militancia por la literatura argentina contemporánea. Y quizás (ojalá) algún otro caído del cielo.

Pero me pareció que decir: "¡Chicos, chicos, lean mi articulo!" era bastante pobre.
Por lo que se los digo:
"¡Chicos, chicos, lean mi articulo!" y además quisiera agregar algunas palabras para hacer de este, un post medianamente digno.

Ayer a la noche nos tocó 300. Nos, digo, porque fue a ella y a mí.

En realidad pasé la semana pasada luchando para ganar un estúpido concurso de Mundofox.com para poder ganar una función priva
da junto con otras 300 personas. Pero hubo una complicación con jugadores que hicieron trampa declarada y quedamos segundos.

Ya lo dije alguna vez, el crimen paga.

Entonces ella me dijo que me dejara de romper las pelotas y que pagar 10 mangos de entrada para ver una película no era la muerte de nadie.
Más teniendo en cuenta que desde que vi el trailer de la adaptación de la novela gráfica de mi querido Frank Miller, no pasé un día sin que se me cayera la baba de pensar en la película.

Es que Frank Miller es para mí, uno de esos placeres grasosos como comer una hamburguesa.
Sabés que no es la mejor comida que podés tener, sabés que es popular y un poco kistch y te encanta por todo eso y por el sabor.

Entonces fuimos a ver la mentada película. Y la verdad es que es cierto: me resultó un poco corta, tiene algunos problemas serios de estructura narrativa, no termina de desarrollar con fuerza las situaciones dejándote bordeando el climax pero sin acabar.
Pero no significa que no me haya encantado y que no siga amando a Frank Miller.

La fuerza y la brutalidad de las imágenes (lo que todos queríamos ver) queda en eso y el delineado de la interesantísima ideología y personalidad espartana parecen más una caricatura que otra cosa.

Todo esto, evidentemente, afecta lo que todos los que fuimos a ver una película sobre la batalla de las Termópilas fuimos a ver: la aristeia de los 300 mártires espartanos.

Obviamente no fui a buscar una película que sea fiel a la historia. Pero creo que así como Sin City me pareció excepcional, en esta, la trasposición tan literal del cómic al celuloide se comió muchas posibilidades.

Hay evidentes diferencias entre soportes y escenas que en una novela gráfica pueden tener la duración que el lector quiera darle (detenerse en los detalles que plagan las obras de Miller es una de las posibilidades más interesantes) pasan aquí como elementos más de una batalla extendida.

Igualmente, me encantó todo eso de la estética milleriana en su mayor expansión expresionista y hasta, diría, un poco cyberpunk.
Porque si lo vemos a ese Xerxes afeminado y andrógino con aplicaciones corporales como amo y señor de un mundo decadente y sensual que bien podría ser post-apocalíptico todo cierra un poquito.
Sumemos a los Inmortales persas como monstruos deformes, el minotauro que hace un cameo, la representación de Ephialtes, los viejos deformes del oráculo, el rinoceronte de guerra y ya casi, diría que 300 bien podría no tratar sobre Esparta sino sobre algún poblado post-nuclear y listo: tenemos la distopía cyberpunk que aprendimos a amar. Ok, no hay teconologías de vanguardia ni computadoras... pero ¿quién dijo que eran condiciones absolutamente necesarias del género? En el sentido de construcción de un mundo contrafáctico, 300 se posiciona con comodidad en ese lugar.

A lo sumo, si no quieren aceptar una apuesta tan arriesgada, diría que tenemos un especie de Fantasía-épico-antigua-con toques Cyberpunk: el que haya jugado Warcraft y no vea alguna reminiscencia de los temibles Ogros del Warcraft 2 en ese esperpento que tiene dos cierras en vez de brazos o aquel otro que pelea cuerpo a cuerpo con Leónidas, evidentemente perdió cualquier posibilidad de pensar en la referencialidad.

Después tenemos a los espartanos.
Con esa musculatura pectoral y abdominal trabajadísima y las invocaciones llenas de gritos heroicos (bien de cepa milleriana) de este Leónidas. Por primera y única vez en mi vida me sentí un poco enamorado de un hombre.
Aunque también es cierto que ciertas escenas o gritos de guerra habrían cobrado mucha mayor hondura e intensidad si la película se hubiese tomado su tiempo para desarrollar el drama.

Son muchos los que dicen que Miller trabaja con los mitos de la masculinidad: hombres musculosos, mujeres exhuberantes y fáciles o guerreras. Mujeres frágiles que requieren de tipos duros que las protegan. Y toda la estética noir de todos sus héroes.
Y es cierto y además, está presente en la película y en este Leónidas que enamora como enamoraría Marlowe: tipos recios que se permiten la sensibilidad.
Y eso es lo que se compra de la película. Eso y el sudor y la sangre y el sacrificio y la épica.
Mucha épica.

Hasta los detalles bizarros de criaturas fantásticas y deformadas para representar la corrupción de los hombres-malos (recurso expresionista bastante explotado en la película) le da más presencia épica al asunto.

Jode un poco pensar la película en el contexto político actual y las apelaciones a la libertad que se vuelven fatigosas.
Leí que Irán había presentado quejas por la película por el modo en que se representan a los persas.
En un principio me pareció muy estúpido. Ahora pienso que no tener en consideración que Irán posiblemente sea blanco de un nuevo ataque militar justificado en la "libertad" y las líneas que pueden trazarse con esta pelícua es hacer de la ingenuidad una política activa.

Lo que molesta de la trama es que está todo resuelto de forma tan rápida que no da tiempo de generar empatía.
Me hubiese gustado más tiempo dedicado a explicar las costumbres de Esparta y las relaciones siempre conflictivas con el resto de las Ciudades Estado de la Grecia antigua. Es precisamente en ese momento que la película se convierte en molesta por acrónica: hablar de Grecia como unidad política de Estado Moderno.

Como culto a la hombría, como película sobre héroes, como vuelta de tuerca más que interesante a la épica contemporánea, la película sirve y mucho.
Como entretenimiento también.

Frank Miller lo hizo de nuevo. Y no puedo dejar de admirarlo.

Por más grasa que sea.
Tan grasa como la vaselina que recubre el pecho de los héroes espartanos.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Cotolengo, me borraste el mensaje. Soy pelotudo pero me llamo Cristian.

Rufián Melancólico dijo...

Una vez más voy a indicarles a los caídos del catre que mis reglas de administración de mensajes son pocas pero severas.
Pueden consultarlas en el siguiente link .

Gracias.

P.D.:¿"Cotolengo"? ¿Y un link a la entrevista de Fogwill? ¿Soy pelotudo pero me llamo Cristian? Me parece que hay alguien que se le da de gran guacho pijo de las letras pero no sabe escribir coherentemente.

Anónimo dijo...

En ese link Fogwill dice: "Las boludas que están en la Facultad de Letras dan clases para chicos tontos; que escriban o den dos clases teóricas sobre Fogwill no es llegar a la academia. Porque Puán no es la academia... es lacamierda. Puán me parece un cotolengo...

Rufián Melancólico dijo...

Es decir, no hacés más que darme la razón: sos otro resentidito que por X o por B detesta Puán y entonces venís a tirar mierda y hacerte el genio.
Por esa misma razón (podés ver las reglas de moderación a las que ya te referí) me pareció que tu comentario era impertinente y lo moderé.

la Dama sol dijo...

pero, cómo se pelean.
Yo me fui de puan y volví.
me recibí de otra carrera, la cual detesto. No a la carrera sino a la institución (IUNA) pero en definitiva lucho por la legitimación. Cuando gane un par de premios, y estrene un par de buenas obras de teatro, ahí sí voy a poder mandar a todo el mundo a la mierda, que es en el fondo lo que todo escritor, de literatura o teatro, quiere.

Rufián Melancólico dijo...

Mandar a cagar a todo el mundo es, definitivamente, el sueño de cualquier escritor.
Ser escritor implica, intrínsecamente, ser una persona que adora pasar horas en su propio mundo y que si no se cree que lo suyo es bueno, está condenado al fracaso.
Pero esto puede llevar a mucha angustia al no recibir el reconocimiento que cree, merece.
Por lo tanto, digo, una vez que uno tirunfa, qué mejor que mentar a todo el mundo a la madre que los parió?