20 de marzo de 2009

Un futuro bastante despejado

Lo bueno de las antologías es que permiten tener una saboreada de diversos escritores en un formato compacto, rápido, digerible y accesible.
Muchos escritores que hasta el momento de empezar a leer el libro no significaban nada y sus nombres no sonaban ni siquiera en forma lejana, se convierten por arte del antologador en una lectura. Y el lector confía en ese antologador detrás del cual y a veces incluso, detrás de un prólogo, se alistan prontos a saltar al campo de batalla esa tanda de nombres para conquistar nuestros corazones de lectores.

Lo malo de las antologías es que siempre serán incompletas, suelen ser desparejas en cuanto a calidad, suelen suscitar sospechas del criterio que empleó el antologador en su selección (entrando aquí relaciones afectivas, de amistad, de simpatía, etc., pero siempre extra literarias) porque son mecanismos ideados como muestreo de escritores poco conocidos, que intentan convencer al público lector de que deberían ser conocidos y el objetivo de última sería poder introducir luego a alguno de ellos en el mercado, con un libro individual.
Las antologías nos vienen invadiendo porque parecen un recurso barato y rendidor para las editoriales: muchos autores, un tema que pegue, una frase ganadora que hable de que lo contenido en el libro (en el frasco de la tapa en este caso) es lo mejor de lo mejor que uno podría leer de narrativa nueva y listo, envuelto para regalo el lector se da una panzada de cuentos que varían en sus registros y tonos, suben y bajan en su calidad y en definitiva, no alcanzan una uniformidad (que es algo esperable en un libro de cuentos) y que si la encuentran es peor todavía: demuestra que esa selección de escritores parecen todos cortados por la misma feteadora de fiambres lo que convierte la lectura en un recorrido lineal por escritores que escriben igual. En definitiva: un bodrio.

El caso de la antología de escritores latinoamericanos sub 40 de Eterna Cadencia se comprueban estos aspectos positivos y negativos. Quizás el título que habla de un futuro perdido no esté tan presente en los cuentos como era de esperarse.
Claro que hay referencias a futuros truncos en algunos cuentos (como por ejemplo en Un desierto lleno de agua de Santiago Roncagliolo, uno de los más poderosos aunque carente de toda originalidad post -Kids golpe a golpe y toda la escuela white trash-teen que le siguió. Se vale de las diferencias de clase social como núcleo de una historia de iniciación sexual adolescente. Nada nuevo bajo el sol) y alguna que otra indagación divertida sobre los vericuetos posmodernos donde el futuro quedó por lo menos, en un rincón medio dudoso (como en Pseudoefedrina de Antonio Ortuño que se mete con la curandería new age mezclado en una trama de erotismo “picante” que no logra tomar vuelo del todo) pero en general lo que sobrevuela en estos cuentos es cierta moderación despreocupada.
No hay un riesgo asumido, no hay vértigo de un “futuro no nuestro” como podría haberlo en la el ya oldie clásico Less Than Zero de Bret Easton Ellis donde el No Future punk era transmutado en No Future de merca dura, orgías y muerte sin sentido. Por lo que si bien es cierto que la década de derrumbe de todas las certezas y triunfo del Mercado que borró nuestro futuro se extendió durante toda la década de los ´80, ´90 y nos muestra ese futuro que no nos pertenece en el derrumbe actual, las formas de narrar esa destrucción parece bastante pacata y estanca en la idea de una trasgresión que a lo sumo llega a contar cómo Sendero Luminoso degollaba perros y los colgaba de los postes de luz (un buen cuento que sufre de un desenlace estúpido: Lima, Perú, 28 de julio de 1979 de Daniel Alarcón).
El resto de la antología navega por agua tibia. Por el costado local, Oliverio Coelho se despacha con un cuento (Sun-Woo) que bien podría ser esbozo de una película de terror oriental, como las que están de moda. Samanta Schweblin (En la estepa) construye un cuento en el que predomina un clima de misterio que nunca se resuelve, jugando con la angustia de una presencia no dilucidada que espanta y atrae por igual. La violencia referida está en Hipotéticamente de Antonio Ungar en la que el narrador cuenta cómo su vecino se enfrenta con su hermano. Eso es lo que predomina en la antología: una experiencia de la violencia o de lo que arruina el futuro como algo que pasa por al lado, algo que no afecta directamente al narrador. El cuento de Juan Gabriel Vásquez retoma el tópico de la violencia política en Colombia haciendo al Río Medellín testigo de las atrocidades y llevando a la gente común al lugar de espectadores del horror, algo que parece un poco desactualizado teniendo en cuenta las experiencias de la televisación en Reality Shows de toda clase de miseria humana.
Árbol genealógico de Andrea Jeftanovic es sin lugar a dudas el punto más alto de la antología. Un cuento extraño y perturbador que se mete con el tabú del incesto y lo explota desde una perspectiva infantil, donde una nena se asume como el reflejo inteligente y perverso de su padre: débil y extraviado.
Por el contrario, Una historia cualquiera de Ronald Flores es un cuento que se inscribe en una tradición superadísima de la historia literaria como es el Realismo Socialista pero en clave todavía más suave. La sucesión de clichés y lugares comunes se acumulan para desarrollar la historia de una esclava laboral y luego sexual de un taller de confección de ropa en algún lugar de centroamérica.
La decepción más profunda me vino con Variaciones sobre temas de Murakami y Tsao Hsueh-Kin del mexicano Tryno Maldonado: ¿Hasta cuando seguiremos viendo literatura latinoamericana intentando construir fábulas sobre oriente? Parece un mal intento de imitar a Borges.
Por último cabe mencionar el cuento del uruguayo Ignacio Alcuri que es una pequeña historia sobre la base de ciertos relatos de ciencia ficción tipo Isaac Asimov, sin demasiadas pretensiones pero que cumple como comedia liviana.
Entonces, teniendo en cuenta este panorama destacado (la antología se completa con otros cuentos, pero haré silencio piadoso sobre ellos) el libro parece más la suma de sus partes que como una unidad concreta, atravesada por una tensión concreta enunciada ya desde el título.
Como con toda antología, será cuestión de tiempo ver quiénes de los antologados sobreviven la efímera fama de un cuento publicado para convertirse en figuras literarias destacadas.

4 comentarios:

Ezequiel M. dijo...

No necesita que nadie lo defienda, pero hablando de Santiago Roncagliolo me parece que si buscamos originalidad en todos lados, el arte está perdido. Si vamos al caso, hay sólo dos temas en el arte (y en nuestras vidas), y eso lo sabemos.
En fin, un comentario nomás, ni siquiera una crítica. Porque me parece que el camino de la originalidad a veces es peligroso, con lo cual no defiendo ni la epigonía ni ningún tipo de neoclasicismo.
Saludos, Rufián. Muy buena la reseña.

Anónimo dijo...

Rufían Melancólico: Gracias por clasificar mi cuento como Realismo Socialista! Realmente me he divertido con tu comentario. Gracias por leer el cuento, la antología y tu crítica sincera. Mis mejores deseos y hasta pronto, Ronald

Rufián Melancólico dijo...

De nada mi buen Ronald. También te sugiero que leas a Evaristo Carriego, tiene un poema que se llama "La costurerita que dio el mal paso" que me hizo acordar mucho a tu cuento.

Anónimo dijo...

Gracias por la recomendación, RM! Hasta el título es gracioso! Saludos, Ronald