3 de octubre de 2008

Durmiendo con fantasmas

76
Félix Bruzzone
Editorial Tamarisco
(blog: http://hojasdetamarisco.blogspot.com)

Una presencia que sea al mismo tiempo, una ausencia. Una presencia que es presencia porque es ausencia. En ese borde se mueve 76 de Félix Bruzzone. En el de lo que está por no estar. Y en ese sentido la tensión de sus cuentos que estructurarían una especie de nouvelle a partir de fragmentos que los unen es de a ratos, similar a la tensión de algunos de los mejores cuentos de Nick Adams, del maestro del género de lo no dicho: Ernest Hemingway.
En una casa en la playa el primer cuento que abre el libro es al mismo tiempo uno de los más directos y más logrados. En él se articulan las herramientas que el narrador utilizará en el resto de la serie: la elisión como mecánica constructiva para dejar lugares vacíos, agujeros que signifiquen por esa presencia-ausencia mencionada, desplazamientos de significantes para un significado, diálogos entrecortados, recuerdos rememorados y fotos. Las fotos como un espacio de captura de un pasado que no se tiene.
Es precisamente en esa reconstrucción de un pasado borrado donde hacen pie algunos momentos claves de estas narraciones.

Elipsis

Las posibilidades de la utilización de la elipsis pueden ser maravillosas si se la usa con discreción y un bien cuidado manejo.
En este sentido, Bruzzone aprovecha el recurso y lo pone a funcionar en un sistema en el cual el mecanismo cobra una salvaje mímesis con lo ocurrido: elidir, suprimir, hacer desaparecer. Lo no dicho es también el pasado de los padres del narrador, es el destino de esos padres y es lo que el texto no dice:

Cuando mi abuela me contó lo de mamá, que ella y la mamá de Ramiro eran tan amigas, que averiguar lo que les pasó es muy difícil pero hay que hacerlo, que hay tiempo, que tengo toda la vida para eso, yo me puse así, nervioso, porque toda la vida puede ser algo muy largo. (p.20)
Desplazamientos

Pareciera que llenar ese espacio vacío es o bien imposible o bien un fracaso. La mayoría de los relatos corren atrás de la obtención de un objeto, algo físico que tener y poder guardar.
Será una revista softcore en el primer cuento, una camioneta en Unimog, un recuerdo enmarcado en las fotos de la mamá desaparecida, una agenda donde guardar los datos de alguien que pueda ayudar en la búsqueda del pasado perdido o el diseño de unos cigarrillos que no se apaguen bajo el agua con la plata que sobre de la indemnización estatal por la desaparición de los padres.
Y a partir de esos objetos se desencadena un segundo momento en los relatos: la puesta en escena de ese desplazamiento de significante/significado que dará dos escenas de condensación de violencia y destrucción que restituyen con fuerza los lugares de lo no dicho en forma tergiversada y que serán la destrucción casi luddista del Unimog y la revista softcore pasada por agua:
La tapa se borró casi toda. De la morocha quedan solo los ojos, el pelo y la parte de una teta. El pelo ya no está revuelto sino que parece lavado y lacio, como el de mamá en las fotos que hay en casa. Adentro hay muchas hojas arruinadas: fotos con chorreaduras de tinta, partes pegadas, pedazos de cuerpos desnudos sin cara, sin piernas. (p.20)
Salvando las distancia, este fragmento condensa la violencia de lo no dicho y del destino posible de esos padres y recuerda a Río de dos corazones, el cuento de Hemingway en el que Nick Adams expresa la violencia descarnada del paso de la guerra sobre su cuerpo en el descuartizamiento de un pescado:

Sacó el cuchillo, lo abrió y lo clavó en el tronco. Luego recogió la bolsa, metió la mano y sacó una de las truchas. La sostuvo de la cola, pero era difícil asirla porque estaba viva, y la mató de un golpe contra el tronco. La trucha se quedó rígida. Nick la puso sobre el tronco en la sombra y mató al otro pez de la misma manera. Las puso lado a lado sobre el tronco. Eran dos truchas hermosas.
Nick las limpió, haciendo un tajo de extremo a extremo. Sacó las entrañas, las agallas y la lengua, todas en una sola pieza. Las dos eran machos. Nick tiró los despojos hacia la orilla para que los encontraran los visones.
(E. Hemingway, Nick Adams, Emecé 1974, p.201)
Como en ¿Por qué estamos en Vietnam? la novela de Norman Mailer que trata sobre la caza de un siervo y no hace mención en sus páginas a dicha guerra más allá del título, 76 se mueve en la sutileza, en el hálito fantasmagórico de la caricia del pasado y las cosas que viven en los objetos y en los recuerdos. Como si esos objetos fueran la posibilidad de restituir eso que está elidido, como si fueran mecanismos posibles para la reconstrucción de lo que no está.
En ese sentido podría hablarse de una nueva forma de enfrentar en la literatura la narración del Proceso.
Ya no es una narrativa de sobrevivientes ni de testigos. Ya no hay que decir ni expresar los horrores de lo ocurrido. Es el relato de un hijo que es a la vez sobreviviente pero sin saber exactamente de qué, porque ese pasado se lo robaron o lo vivió de tan pequeño que sólo es un recuerdo entrecortado, una foto, un fantasma.

7 comentarios:

Lo dijo...

La historia. Tu historia, la de muchos...

Lo dijo...

La historia. Tu historia, la de muchos...

ohh siii dijo...

La historia. Tu historia, la de muchos...

(?)

ohh sii (the real one) dijo...

me robaron el pseudónimo!!!!

ya sabes, si no tiene el logo del piratita del vhs, no te fies!

Anónimo dijo...

Hola Rufián, leíste las dos novelas de Ramiro Quintana? Te gustaría hacerlo y contarnos qué te parecieron?
("El intervalo", "Ritmo vegetativo")
Saludos

Renata

Rufián Melancólico dijo...

Yo me quedo con la original!

Renata, podés leer mi reseña de El intervalo de Quintana en el número 29 de El interpretador.

Anónimo dijo...

Muy amable Rufián!
La leeré, saludos

renata