La juventud como vanguardia
Que el título de la nota sea La eterna discusión sobre lo nuevo resulta bastante adecuado ya que la discusión acerca de esta presunta novedad, creo, nos tiene un poco cansados a todos.
Buscar un valor literario en el concepto de novedad es algo que se viene haciendo desde que la literatura se autonomizó, la diferencia es que antes, la novedad era la vanguardia y ahora viene determinada por una fecha en el D.N.I.
Con la superación de las vanguardias históricas, la búsqueda de “novedad” en literatura la desplazamos al concepto de juventud. En algún momento quizás la jugada tuvo sentido porque había una punta de lanza generacional que estaba buscando hacerse un espacio en un mercado destruido por la megacrisis de lectura que sufrimos desde que la conjunción del desbaratamiento del aparato educativo, la insolvencia económica de la producción nacional, las tecnologías de entretenimiento más fácil y menos costoso (TV por cable, internet, banda ancha, Youtube, etc.) dejaron a la Literatura al dudoso privilegio de lectura de colectivos, baños o de viejos.
Para peor (para los escritores inéditos, claro) si cuando uno envejece se va haciendo más conservador, eso mismo es aplicable a las lecturas que elije. Atiendo todos los días en la Biblioteca en la que trabajo a gente que sobrepasaron los 50 años por varias décadas y lo que quieren leer siempre son novelas pasatistas de escritores probados y manufacturados para este género. A lo que voy, muy a pesar de MI gusto por el trash literario, es a que difícilmente un libro de un escritor nuevo en el mercado tenga posibilidades con la masa crítica de lectores que todavía queda. Por supuesto que esta masa crítica no es la que pulula por los pasillos de Puan o Marcelo T. sino que son los viejos o gente que superó la mitad de su vida, que tienen la lectura incorporada como costumbre y no encuentran fascinación en pasar horas viendo videos o leyendo Cracked.com como posesos durante toda la noche. A esa gente (pongamos el caso de mi viejo por ejemplo, que me pide constante asesoramiento literario) les llega más un libro de Sandor Marai o Henning Mankell antes que la millonésima antología de “Literatura Joven Argentina”.
Partiendo de esa base de reconocimiento de que la literatura joven argentina es insolvente (menos claro, para el reducidísimo círculo de snobs que la consumimos y los españoles fascinados con el redescubrimiento del nuevo mundo, buscando el placer onanista de una literatura que adquirió relevancia por el derrumbe social de 2001, como si en esta tierra yerma no hubiera espacio ya para la civilización. Ese pensamiento tan Martinezestradiano que circula por la superficialidad del común de la gente de Europa (durante la crisis de 2001 estaba de mochilero en Europa y en una librería de Viena (porque claro, de viaje por Europa lo que me interesaba sobre todo era localizar y registrar toda librería posible, igual que acá o en cualquier otro lado del mundo) la vendedora preguntó de dónde éramos (viajamos con el Bolchevique Superstar) y cuando le dijimos Argentina no fue su respuesta: “Ah Maradona” sino “Ah, ¿Y cómo es que están acá si su país está como está?”) encuentra en esta literatura, quizás el mismo último baluarte de dignidad que tenemos, como el prestigio que tenemos de saber buen inglés y ser baratos para las compañías multinacionales de telemarketing) me pregunto dónde podríamos buscar la inserción que buscan tantos escritores.
La nota de Aguirre dice que las narrativas de los “escritores jovenes” que puede leerse en las antologías conforman un conglomerado bien heterodoxo. Disiento: si hay algo que puede leerse es una uniformidad aplastante que alisa los textos hasta convertirlos en capítulos de una novela esquizofrénica.
Es dato conocido que la mayor parte de quienes integran la mayoría de las antologías que se instrumentaron como red de pescador en un mar revuelto de gente con intenciones o no de convertirse en escritores profesionales (tiraron la red en el mar a ver si pescaban algún pez) provienen de las redes propias de amistad que se formaron en un taller literario con la impronta estatal de provenir en última instancia, del aparato productivo del Centro Cultural Ricardo Rojas (sueño cultural del radicalismo post-1983 y como me dijo el otro día un tipo: “En mi partido tenemos un dicho: “Calma, radicales”).
Entonces lo que quedó, en gran parte, es una escritura uniformizada por la mirada rectora de un coordinador con sus propias convicciones literarias (que podrían pensarse en alguna instancia, conservadoras del statu quo).
No me quejo, me parece una estrategia lógica en última instancia: con el “encargo” de armar una antología y ante el páramo vacío, el antologador recurrió a la materia prima que conocía.
El Taller Literario que ya tenía sus propias antologías editadas anualmente por la librería Clásica y Moderna se volvió Mainstream: una editorial grande, con el respaldo de un buen diseñador gráfico para las tapas, temáticas definidas para darle una coherencia aún más uniformizadora y la esperanza del antologador (que me confesó en una entrevista que le hice para la Revista Guapo) de que esos cuentitos publicados en la editorial grande sirvieran de puerta de entrada para esos escritores a la publicación de su obra inédita en esa misma editorial. Algo que no sucedió a excepción de algunos casos aislados de escritores que iban a llegar, seguramente, a esa instancia por otro lado.
Entonces, superando estos obstáculos, nos encontramos con un mercado que insiste con la intención de colocar nuevos productos para seguir ampliando la oferta, pero al mismo tiempo con la obturación de los canales de venta: ¿A qué público masivo le van a vender una novela de uno de los escritores antologados?
La salida que muchos encontraron para buscar esa masividad perdida fue la incursión en performances literario-neohippies, lo que podrá haber aceitado los lazos de amistad pero poco habrá hecho por la literatura. La forma de leer que tenemos asimilada es en voz baja, por lo menos desde hace unos cuantos siglos y las perfomances suelen caracterizarse por el embotamiento y aburrimiento que producen en su público, algo que no se dice sino por lo bajo precisamente. Ni que hablar que esas perfomances tampoco llevaron a la creación de públicos masivos ni trajeron aceite fresco a los engranajes crujientes.
Lo único con lo que se insiste es con la Vanguardia de la Juventud (en ese sentido el título de la antología de Tomas se quedaba en el límite: Joven Guardia, porque sabía que de Vanguardia nada) ya no como un movimiento estético (aunque es posible ver la uniformidad de la narrativa) sino como concepto de construcción de un producto de mercado (lo que me parece perfecto: baruch hashem, el modernismo ya está superado).
El movimiento implica una despolitización de la Vanguardia. Le quita lo revolucionario, lo que va para adelante, y le deja la “guardia”, lo conservador, lo que defiende lo ya hecho. La nueva literatura argentina se plantea como una lucha de trincheras: no dejar que el enemigo pase, no dejar que las traducciones de Anagrama de Ian McEwan y Martin Amis nos ganen los lectores de clase media argentina. Bueno, ya lo hicieron. Ya nos ganaron. No hay forma de defender una posición perdida. La lucha para tener alguna posibilidad de éxito debería ir para adelante y politizarse. Volver a recuperar lo único recuperable de la vanguardia: la consistencia política, la intervención.
Con las perfomances puestas como mera exhibición narcisista se recupera el chismerío barato porque juega esa lógica: la de acaparar una posición como carne en muestra. La literatura se vedettiza y cualquier estupidez sugiere una pelea mediática.
Esta juventud que acapara la literatura lleva la impronta del posmodernismo más berreta en el rostro: es la literatura del histeriqueo y la falta de convicciones. Una muestra triste del arrasamiento de la literatura. Precisamente, ¿Cómo pedir que se produzca literatura cuando no es la literatura la mayor pasión de una generación como la mía y la que está un poquito más allá, creció viendo el Big Channel o el Magic? La literatura fue reemplazada por un entretimiento más efectivo y eso también se nota en la abulia de una escritura que no suele procesar las referencias clave de una vida pop en provecho de un compromiso político sino como manifestación subsidiaria, apéndice, de las políticas neoliberales y la globalización sobre la propia subjetividad.
En tanto, “literatura joven” es la forma económica y descomprometida de seguir hurgando en el mar revuelto para ver si se encuentra un escritor en serio (algunos hay y lo demuestran con trabajo y constancia). Mientras tanto, el reino de las ventas de ejemplares seguirá siendo de las traducciones berretas de Anagrama y la renovación en la literatura argentina deberá seguir esperando porque joven no es sinónimo ni garantía de nuevo.




















