Hace pocas semanas pasé un día en La Plata. Y si bien no creo que tenga nada en especial comentar: “Estuve en La Plata” y para los platenses un comentario mío, neófito, sobre su ciudad pude que les importe poco y nada, quisiera permitirme la oportunidad de escribir algunas líneas respecto de mi experiencia.
¿Cómo le dicen al Menú Porteño en La Plata?
Jugando con esa ineludible referencia de Pulp Fiction que plantea el asunto de “las pequeñas diferencias” entre Estados Unidos y Europa, se podría decir que al difunto Menú Porteño, en La Plata seguramente lo llamaban “Menú Platense” ¿no?
Las pequeñs diferencias entre La Plata y Buenos Aires no son pequeñas y si son diferencias.
Hay que decirlo, la planificación obsesiva y psicotizante del entramado de calles (el trazado en damero español colonial llevado a su exasperante consecuencia lógica con sus ilógicas y desestrcuturantes diagonales y multiplicidad de plazas) puede volver loco hasta al más cuadrado. Por lo general soy bastante predecible en algunos de mis movimientos y suelo ser partidario de algún tipo de orden. Que se entienda bien: prefiero mi cuarto ordenado a mi cuarto desordenado. Prefiero calles con tramado lógico que Parque Chas. Pero La Plata fue demasiado para mí.
Como fui en plan “turista-curioso” me recorrí casi los cuatro sectores (también de lógica inapelable) en la que se divide: “Este” ; “Oeste” ; “Norte” y “Sur”. Y no, no “...brillará blanca y celeste, la Academia, Racing Club! ¡Y la Acadé, y la Acadé!” como escuché tantas veces en la cancha, cuando era más niño y todavía tenía la ingenua sensación que ver fútbol era un entretenimiento que podría robarle horas de tedio a mi vida siempre aburrida.
Hay cuatro líneas de colectivos platenses que surcan las calles con una frecuencia envidiable y cada línea tiene el nombre del punto cardinal de la ciudad al que se dirije o al que va, no recuerdo la explicación de mi guía turística.
Ejemplo de colectivo platense que se dirije al Oeste como es obvio.
Lo que sí, envidiable esa frecuencia. Si acá uno puede pasar horas esperando uno de esos colectivos que recorren casi todo en uno la ciudad (el 60 es una opción interesante para pasear por el centro-medio-norte de la ciudad), en La Plata la velocidad de las cosas es aceleradísima: pasan y pasan y no dejan de pasar colectivos que atraviesan una y otra vez esas calles enfermizas.
Porque claro, el hecho de que las calles estén numeradas y no lleven nombres ridículos (que alguien me explique por favor el por qué de calles en capital como “Jorge” (Plano 33-B2 de la guía T de Bolsillo 2007) o proliferen exasperantemente en homónimos como por ejemplo la serie de calles llamadas Irigoyen: Bernardo de Irigoyen, Santos Irigoyen, Irigoyen (a secas) y luego, claro Hipólito Yrigoyen es una gran ventaja. Y también es una gran fuente de aburrimiento. Las coordenadas geográficas de calles se reducen a la insulsa monotonía de una repetición de números. Casi como si fuera un partido de Batalla Naval, ir a la 42 y 7 o a la 51 y 12 o Diagonal 80 y 6 o lo que sea plantea el desafío de pensar en términos de cierto orden férreo, estructurado y duro que me dirán: “Es la gracia de La Plata, una ciudad positivista.”
Sí, muy positivista pero muy aburrida también.
Como todos sabemos, Dardo Rocha planificó su ciudad influenciado por esa filosofía horrible que se llamó positivismo y que podríamos decir, intentaba llegar a la verdad por el orden. Orden y progreso y mapas rectangulares con trazados rectangulares y nombres reemplazados por númeors. Muy matemático, muy científico, muy poco embebido de las tensiones cotidianas de la vida.
El Orden impuesto a la fuerza de un trazado aburrido y cuadrado me hace pensar en un orden futurista, un enamoramiento de la ingeniera puesta al servicio de un control del material y los materiales. Así como el Teatro Argentino se alza imponente como otra muestra de esa arquitectura clorindotestiana alla Biblioteca Nacional de paredes sin recubrimientos, formas extrañas y el puro gris aburrido, sólido, enfermo del hormigón descubierto, la ciudad entera llega al progreso por el orden y ese orden es impuesto con una precisión milimétrica.
Teatro Argentino de La Plata: la crisis del sentido común
Claro, están esas diagonales que te confunden. Pero leí por algún lado que ese fue una especie de mensaje cifrado de Rocha: uniendo algunos trazos de formas más o menos obvias, se formarían un compás y una escuadra: símbolo masónico.
Entonces tenemos una ciudad con una ingeniería imaginada de antemano, diseñada por un presunto masón que escondió su simbología en ella y una catedral que debe ser de las más bonitas de la Provincia de Buenos Aires.
El compás y la escuadra masónicas. Según leí hace tiempo en un artículo que no recuerdo, si se unen los trazos de las diagonales que confluyen en Plaza Moreno se podría obtener un dibujo como éste.
En ese artículo dónde leí que el trazo de las diagonales daba masón también leí que algunas estatuas que se encuentran frente a dicha Catedral, en la Plaza Moreno daban las espaldas a la misma o de alguna manera expresaban desprecio por la institución católica. Interesante teniendo en cuenta que la Catedral tiene ya sus propios problemas como ser de arquitectura neogótica cuando el género agonizaba (información cortesía de mi guía de turismo) o que la falta de presupuesto impidió que se terminaran de colocar los vitrales que le correspondían (más info cortesía de mi guía de turismo) o que adentro de la misma, inevitablemente haya ese mismo, horrible, olor a polvo que asocio con el olor a muerto y a muerte: olor a huesos empolvados.
La famosa catedral. Dicen que en la Plaza Moreno, algunas estatuas le dan la espalda a modo de insulto.
Pero La Plata también es conocida por otras cosas más festivas y juveniles: por empezar cabe recordar que es una ciudad Universitaria donde se encuentra la famosa Universidad Nacional de La Plata. Quizás de las pocas Universidades que hagan sentir a un UBAmaníaco cierto temor a lo desconocido: “¿Será mejor mi carrera en La Plata?”. Terrible pregunta que se suele saldar ante la contemplación de la inutilidad del plan de irse a vivir allá para cursar ahí o en su defecto desembolsar unos $13 por día en pasajes del 129.
El 129 o el santo patrono de los transportes Capita-La Plata
Entonces La Plata tiene una activa vida universitaria que se traduce en:
- Muchas calles repletas de desperdicios de celebración de algún recibido: huevos, harina, yerba mate, arroz y todo tipo de arrojable en tal ocasión se acumula en varias esquinas. Básicamente en las esquinas de alguna de las sedes de la Universidad y como son tantas esas sedes, a veces uno tiene que ir haciendo un zigzag de saltitos para evitar caer en los enchastres ajenos.
- Muchas bellas mujeres caminando por las calles. Así es, La Plata parece una ciudad repleta de mujeres muy bonitas (¡universitarias!) que pasean y viven en la ciudad. Llegadas de todas partes, del interior, del conurbano (mi guía de turismo por ejemplo), de dónde sea, lo cierto es que alegra la vista tanto despliegue de féminas.
Esto en cuanto a su vida universitaria.
Pero La Plata también tiene fama por sus dos equipos de fútbol (y ahí está, la sede de Gimnasia enfrentado a una de las sedes de la Facultad de Artes o su cancha, en medio del también famoso “Bosque de La Plata” que de bosque tiene menos bosque que los Bosques de Palermo) y los hinchas suelen pasar asomados por la ventana de algún colectivo de esos que diseccionan la ciudad atravesándola por sus arterias lineales y perfectas.
El Museo de Ciencias Naturales de La Plata, guardada por sus dos gárgolas de tigres diente de sable tendidos también sigue ahí, aunque no recordaba que quedaba justamente en el Bosque. Mi última y única visita a la ciudad había sido hace muchos años, de niño y para contemplar precisamente los huesos de dinosaurio que el museo prometía.
Uno de los tigres diente de sable de piedra que protegen el Museo de Ciencias Naturales de La Plata.
No entré al Zoo de La Plata (odio los zoos y tengo la desgracia de vivir a dos cuadras del de Buenos Aires) pero también pasé por su puerta.
La tarde era pesada, hacía calor y el sol estaba tremendo. Estaba cansado. Ideal para tomar una merienda en una bella cafetería (¿Se llamaba París?) y pensar un rato más en los edificios.
Mientras tragaba un licuado de frutilla me di cuenta de algo que había venido almacenándose en mi cabeza pero no había logrado determinar: hay una proliferación imponente de edificios públicos. Con ese mismo trazado milimétrico del plano, se debió haber planificado el emplazamiento de los edificios públicos que, como las plazas, se reparten a distancias casi equidistantes a lo largo de toda la ciudad. El “microcentro” no existe, el control está en todos lados, en cada manzana equidistante de la otra donde se encuentra un edificio público.
Entonces esa pequeña gran diferencia entre Buenos Aires y La Plata está precisamente en que donde en la primera hay caos y crecimiento desparejo acompañado por el despliegue desordenado por los rincones de terreno disponible, en La Plata es orden perfecto, cerrado y controlador.
Parecía curioso a esa altura de mi reflexión el hecho de haber visto tanto activismo de izquierda, tanto activismo anti-dictadura.
“Es una ciudad Universitaria” me dijo mi guía de turismo y quise responderle que eso no tenía mucho que ver, en la UBA el activismo anda muerto desde hace tiempo.
Hace poco más de un año reseñé un libro (Cerca de Daniel Kruppa) que habla de La Plata y plantea un escenario lovecraftiano en esa ciudad. En su momento, apelé a la información de la que disponía acerca de la ciudad: las referencias a ese clima de ahogo que da el damero llevado a sus máximas consecuencias. Arriesgué la hipótesis de que la ciudad servía a la perfección como sitio de un cuento de ribetes terroríficos, después de toda ya lo dijo Goya: El sueño de la razón produce monstruos.
Volví a Buenos Aires, me bajé del 129 cerca de Plaza de Mayo y caminé por mi Buenos Aires querido. Ahí me di cuenta del último detalle que me faltaba. Y lo sentí cuando me entremetí en las callecitas que circundan la Plaza. Miré para arriba. La luna la tenía tapada por los edificios que verticalizaban su horror cósmico lovecraftiano.
Si La Plata es el horror horizontal, el horror del orden pulcro y el control social positivista, si sus edificios bajos dan la sensación de la imposibilidad de escape y la emparentan con cualquier otra ciudad del “interior”, el horror de Buenos Aires está en los callejones oscuros, en los edificios altísimos que se comen al gótico y lo hacen parte de su propia materialidad, en el desorden, el caos.
Son las pequeñas grandes diferencias.
No sé si podría volver a La Plata, me quedé con una extraña sensación de miedo. Como cuando termino un cuento de Lovecraft.