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28 de febrero de 2010

Tren fantasma

Un libro que me dio bastante miedito.

21 de febrero de 2010

El último americano virgen

Mi reseña de Juventud Americana de Phil LaMarche en el Página/12 de hoy.

Y hace un año publicaba mi entrevista con Ercole Lissardi, la primera que le hicieron en nuestro país. Descubrí a un escritor del que ahora todos hablan.

3 de febrero de 2010

Avatar o de cuando el Che Guevara llegó a Pandora

Foto de acá.

Avatar es una de esas películas que si criticás, quedás bien. Nadie puede decir simplemente que la pasó bien mientras la veía o que le gustó y muchísimo menos, sostener como lo voy a hacer yo, que es una de las películas más progresistas que la factoría hollywoodense ha producido en años.
Hoy leía una interpretación muy políticamente correcta de un filósofo canadiense que si bien me parece una lectura posible y respetable, al mismo tiempo la entiendo como parte de la forma en que se suben a la ola algunos para criticar desde las posiciones más cómodas.
Avatar es efectivamente una película militarista, es una película épica y como tal, trata sobre héroes en tiempos de guerra, por lo que partir de una lectura ecologista no es leer mal, es simplemente ingenuidad.
También es un tanque de la industria y verla en 3D creo que es la única forma en que realmente vale la pena si no quiere uno colgarse viendo un refrito de otras historias y unos pitufos en un muy buen CGI.
Entendiendo la película entonces, como la mejor inversión en un espectáculo 3D (su duración hace que el precio de la entrada se amortice mejor) y relajado el cinismo de los que cultivan el cine-arte como única expresión válida del séptimo arte (me hace pensar en la dicotomía entre literatura baja y literatura seria y en especial entre el cómic y la literatura) sentarse a ver Avatar, es casi como sentarse a ver El secreto de sus ojos.
Ambas películas son productos masivos, pensados para públicos masivos pero que al mismo tiempo, sirven de vehículo para expresarle a las masas, ideas e inquietudes que por lo menos valen la pena ser discutidas y que de otro modo, nunca hubieran llegado a públicos amplios.
Pero Avatar es una película ambigua. Por un lado es indudable que el ataque al “Arbol-Casa” de los nativos asemeja la escena del desplome de las Torres Gemelas de New York, pero también puede asemejar la caída de la estatua de Saddam Hussein en Irak a manos de un ejército invasor muchísimo más poderoso, con mejor armamento y mucho más cruel.
Dice el autor de la columna de Clarín:
Cuando a uno lo atacan, tiene que saber defenderse. Este es un derecho absoluto. Tal es el mensaje central de esta superproducción estadounidense de 300 millones de dólares que es la expresión de la ideología guerrera, es decir la de la guerra llamada justa o, si se quiere, la del bien contra el mal .

Efectivamente, la película es la puesta en escena de la defensa ante el ataque de un invasor, pero no está contada desde la perspectiva de la guerra desproporcionada y desigual que los Estados Unidos llevan a cabo en Irak y Afganistán sino que está contada desde el bando de los que resisten la invasión.
Los Na´avi son el pueblo alzado en armas para defender su lugar de vida y sus costumbres ante la invasión de un ejército guerrero que busca extraerles por la fuerza, sus recursos naturales.
¿Acaso no invadió la coalición aliada Irak y Afganistán sobre el soporte de un colchón de petróleo subterráneo?
Avatar es una película de la guerrilla, de los movimientos de resistencia ante la invasión. No flamea una sola bandera estadounidense en toda la película y los invasores, como representantes de la Tierra, en ningún momento lo hacen por su Patria sino que lo hacen, al igual que los mercenarios que actúan en las guerras imperiales de Estados Unidos, en base a contratos, empresas que pagan sus servicios para limpiar el terreno local y extraer las riquezas naturales del lugar.
Continúa Desjardins:
Armado con una ametralladora para aniquilar al invasor, este na'vi de un nuevo tipo con el aspecto de un feroz exterminador se ofrecerá como ejemplo y mostrará a esos pobres nativos cómo luchar sin piedad y establecer su supremacía. Esto trae a la memoria los westerns americanos en los que casi siempre un valiente cowboy termina asociándose con los indios para incitarlos a luchar a muerte contra el ejército estadounidense. Al servir de justiciero, ese héroe participaba sutilmente en una desculpabilización necesaria respecto del genocidio de los pueblos amerindios.
Efectivamente, Jake Sully o Jakesully en su avatar, en su transformación en el Otro, es el héroe que viene a iluminar el sendero de la resistencia, es un traidor de clase, es un Che Guevara de ciencia ficción que abandona las comodidades y convicciones de su casta militar para luchar del lado de los oprimidos.
La ingenuidad de muchas lecturas escandalizadas con la película lee desde la miopía de clase que sólo puede pensar desde la acción de sus propias tropas. En ese sentido, es posible leer a contramano, viendo en los nativos a un ejército que se alza en armas para defenderse de la caída de sus Torres Gemelas, con un héroe netamente estadounidense conduciéndolos por el único camino de la victoria.
Nadie lee que en la película el Árbol-Casa es mucho más que las Torres Gemelas. Es exactamente eso, la casa de los nativos y su ataque y destrucción es comparable al ataque y la destrucción de los hogares de civiles que se ven sometidos por la lógica del capitalismo imperialista. En respuesta a ese ataque desigual y desproporcionado (los nativos cuentan con arcos y flechas, los invasores con naves espaciales, ametralladoras y Mech Warriors) la única defensa posible es explotar el conocimiento del campo de batalla y atacar para replegarse (es decir, el foquismo) antes de ser exterminados por la superioridad del enemigo.
La batalla ni siquiera la gana el héroe, que aporta su cuota de carisma para remoralizar al pueblo nativo, sino que el aporte fundamental lo aporta el entorno: si en el ecosistema de Pandora todo es una unidad somática y de vida, los animales en manada que atacan al invasor representan el triunfo del entorno natural, del desconocimiento de los soldados enemigos que como en Irak o Afganistán, mueren emboscados por no conocer el terreno.
Dice Desjardins:
Toda guerra, aun la que parece más insensata, se libra por motivos que se consideran justos puesto que son de defensa. Recordemos que hasta para Hitler la guerra era justa: se trataba de extender el territorio alemán para asegurar la supervivencia de su pueblo. No vamos a la guerra para combatir, nos dirá todo beligerante, sino para defendernos.
Nuevamente, pierde el eje al pensar desde los ojos del invasor. Sí, para Hitler la guerra era justa, pero recurriendo al reductio ad Hitlerum el autor se pierde a sí mismo. ¿Entonces cuál sería la propuesta del filósofo? ¿Que Polonia no debería haberse defendido (miserablemente, ante la supremacía militar aplastante del enemigo) ante la invasión del Tercer Reich? ¿Hay que denostar el alzamiento del Guetto de Varsovia porque fue una acción beligerante?
Es absurdo pensar que una invasión física real (que es lo que sucede en Avatar y no el atentado fantasma a las Torres Gemelas) no deba ser rechazada por el pueblo oprimido.
La lectura políticamente correcta que considera que hay beligerancia y por eso la película es reprobable pierde de vista la misma concepción del derecho a la defensa en un sentido real y no especulativo como fueron las invasiones en Afganistán e Irak.
Piden que los pueblos se sometan mansamente al invasor y le estrechen la mano mientras éste les roba los recursos naturales.
La guerra podrá ser indeseable, pero es inevitable.
Avatar, contrariamente a épicas bélicas como Día de la Independencia, habla de la resistencia, de la guerrilla y del derecho de los pueblos a su existencia soberana.
Algunos deberían colocarse los anteojitos 3D a ver si de esa forma dejan de ver con miopía.

4 de enero de 2010

Mis lecturas de Daniel Krupa

1. Cerca para El interpretador

2. Serpientes para Radar Libros

18 de octubre de 2009

Domingo 18/09 reseñé para Radar Libros:

1. Los amigos soviéticos de Juan Terranova (muy recomendable)

2. El niño criminal de Jean Genet (hermosa edición)

11 de agosto de 2009

Feedback

from: Marcelo Figueras
to: ajsoifer@gmail.com
date: Tue, Aug 11, 2009 at 11:57 AM
subject: agradecimiento
mailed-by gmail.com

Dear A,

me pasó tu mail Juan Terranova, porque le dije que quería agradecerte la crítica de 'Radar'. Así que aquí estoy, haciendo lo debido: muchas pero muchas gracias, de corazón, por lo que escribiste. En los años que llevo publicando novelas, prácticamente nunca conseguí aquí -que sí afuera, a cuenta de las traducciones- recibir una crítica que iluminase conexiones internas del texto que a mí mismo se me habían escapado. Una de las razones por las que uno escribe es para que lo ayuden a comprender qué ha escrito, qué acaba de hacer. Y tu texto me dio una luz que estaba necesitando.

Presento la novela el martes 25 a las 19, en la Cúspide del Village Recoleta. Si te dan ganas, a mí me encantaría conocerte.

Un abrazo y gracias again,

F.

from: ajsoifer@gmail.com
to: Marcelo Figueras
date: Tue, Aug 11, 2009 at 1:34 PM
subject: Re: agradecimiento
mailed-by gmail.com


Marcelo:

Te agradezco yo a vos por lo que me escribiste. Si recibir como escritor una crítica que ilumine es extraño, como crítico recibir un feedback siento que es más raro todavía.
Realmente disfruté muchísimo de tu novela en varios sentidos. Como Judío en busca de su identidad, como crítico, como lector y como intento de escritor que soy.
Trabajo en la Biblioteca de la Sociedad Hebraica Argentina y le comenté a mi jefa acerca de tu libro, lo que me había producido, la forma en que me había impactado y ella se mostró sorprendida de que un escritor argentino pudiera y quisiera escribir sobre Israel con la sutileza que es tu novela.
(...) También es cierto que los tiempos del periodismo no son los de la serena reflexión que me hubiera gustado dedicarle a tu novela y siento que hay muchas cosas que me quedaron por decir, indagar, investigar.
Intentaré ir a la presentación. Una vez te vi en una entrevista pública el año pasado, en una mesa que compartiste con Elsa Drucaroff y Anibal Jarkovski en la librería El Astillero. "Quizás me recuerde como el chico al que se le rompió la silla y se fue al piso" podría decir ya que ese fue mi único mérito para destacar en esa charla.

Por último, quería preguntarte y pedirte permiso para publicar tu e-mail en un blog personal que mantengo. Esto claro, si te parece y no te incomoda ni nada parecido. Si preferís manterlo en privado lo entiendo. Es sólo que como bien dijiste, a veces las palabras de otro pueden ayudar mucho a entendernos a nosotros mismos y sin dudas, las tuyas me ayudan muchísimo.

Saludos.

Alejandro.

10 de julio de 2009

Stieg Larsson de la mierda

Lisbeth Salander en versión figurín de Lucas Varela. Pasen por su blog que tiene otros más que interesantes dibujos sobre la Saga Millenium que le pasan la escoba a las feas producciones gráficas de las tapas de las ediciones castellanas.


Cuando el año pasado vi por primera vez la tapa negra con el dibujo bastante feo (a mi entender, los figurines que hizo Lucas Varela son mucho más interesantes) de Los hombres que no amaban a las mujeres (como dice Peseta (@diariodelectura), un título que parece gay-friendly) pensé que nunca lo leería. Best-seller, más gente enfervorizada con su lectura, más ladrillo de más de 600 páginas no son precisamente el tipo de combo literario que me interesa.
Entonces pasó que un socio de la biblioteca donde trabajo, que tiene un olfato literario muy bueno para no ser un especialista en el tema, me lo recomendó con mucho énfasis y hasta se propuso a prestármelo. Lo leí.

Larsson no es un genio de la pluma, aunque tampoco es malo. Su prosa parece un poco esquemática y trabada en algunas situaciones que son difíciles de describir, abunda en descripciones largas sobre sus personajes (ha creado todo un teatro de títeres bastante interesante por contrapartida) y las cosas empiezan a ponerse realmente buena a partir de la página 300 cuando es casi la mitad del libro.
Y sin embargo, engancha, se lee de un tirón y uno puede pasarse horas leyendo el ladrillo sin darse cuenta y cuando mira la hora ver que pasaron por lo menos dos horas y más de cien páginas. No genera ni culpa por el tiempo perdido al sueño ni nada por el estilo sino más bien, el lamento de saber que uno ya no puede seguir leyendo por cansancio ocular o tener que levantarse al día siguiente para ir a trabajar o tener que dejar el bar antes que el mozo se ponga a rondarnos señalando que un cortadito por tres horas de lectura no es una ecuación que vaya a funcionar ahí.

Los hombres que no amaban a las mujeres
no es tampoco, en sí mismo, una novela tan inolvidable o genial. Me acuerdo que cuando Mario (Un buen tipo) me preguntó que me iba pareciendo, le dije: “Mirá, por ahora parece el típico caso del crimen en el cuarto cerrado pero en una isla” y que la vez siguiente que me puse a leerlo, Blomkvist (el periodista protagonista de la saga junto con Lisbeth Salander) decía exactamente lo mismo, casi con palabras calcadas.
Es un poco predecible (otra socia de la biblioteca que lo estaba leyendo me dijo: “Me parece que va a pasar tal cosa ¿no? ¡No me digas! ¡No me digas!” Y me guardé de confirmarle que efectivamente, su suposición era acertada y que yo mismo lo había supuesto) lo que no sé si es un pecado o un error en el libro. Decía Raymond Chandler que en una novela policial es imposible que el lector resuelva el misterio en base a los datos que la novela provee a priori. Si uno lo adivina es de puro azar. No sé entonces si fue que hubo demasiado azar o una construcción un tanto deficiente en el enigma porque que dos lectores hayan llegado a la resolución del misterio muchas páginas antes que este quede al descubierto no lo había visto nunca antes.

Hacia el final, el gusto que me quedó fue de que era una novela entretenida, con personajes queribles y un buen manejo de ciertos registros juveniles: la inclusión de palabras en inglés, como creo que muchos de los que interactuamos con la cultura global, con internet y con los trends que bajan en anglosajón poseemos, marca un punto de quiebre interesante en la literatura que veníamos leyendo.
Si Suecia se viene formando una pequeña tradición de Nueva Literatura Policial con Papá Henning Mankell, lo que tenemos acá es a Stieg Larsson que masticó ese policial con “mensaje social” (si hay algo que me resultó insoportable de Los hombres... fue la inclusión de datos estadísticos sobre el maltrato a las mujeres en Suecia en la portadilla de cada parte del libro) y lo llevó a un tono jovial y adolescente/post-adolscente con una protagonista inadaptada social y hacker y otro periodista de izquierda euroepa y sueca.
Larsson nos quitó a ese Walander viejo chocho y nos puso a la anoréxica sola contra el mundo que tiene mucho más swing.

Y ese es otro error a mi entender, de ese primer título de la trilogía Millenium. Al menos en la edición castellana: el título debería estar enfocado en Lisbeth que a fin de cuentas es la columna vertebral de la trilogía o eso parece ser al menos hasta el segundo libro (porque sí, ayer terminé de leer Millenium 2: La chica que soñaba con una cerrilla y un bidón de gasolina y en breve me referiré a él). En inglés entendieron esto y acertadamente la traducción le puso: La chica con el tatuaje del dragón. El segundo tomo es La chica que jugaba con fuego (un título muchísimo más sutil y acorde a la trama).
Entonces llegamos a ese libro. Millenium 2. Es pertinente introducir en este momento la variable “traducción”. Parece ser la traducción más esquizofrénica que haya visto. El libro se llama como ya saben: La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina pero no bien empezar el libro, en el prólogo se nos dice: “Fantaseó con un bidón de gasolina y un fósforo.” Hasta donde yo sabía gracias a las miles de horribles traducciones que leí, en IbericaLand, a los fósforos siempre les dicen “cerillas”. De hecho en el DRAE, la definición de Fósoforo tiene la acepción que nosotros conocemos recién en segundo lugar: 2. m. Trozo de cerilla, madera o cartón, con cabeza de fósforo y un cuerpo oxidante, que sirve para encender fuego. ¡Y que me cuelguen si no es tautológica! Veamos la definición de “cerilla” según el DRAE: 1. f. Varilla fina de cera, madera, cartón, etc., con una cabeza de fósforo que se enciende al frotarla con una superficie adecuada. WTF? ¿Qué se supone entonces que es un fósforo? Nosotros lo sabemos, pero los traductores habrán considerado que era más adecuado poner de título del puto libro “cerilla” y en la página 10 del mismo usar “fósoforo” que me imagino, algún ibérico habrá confundido con el elemento químico del cual en nuestra concepción es metonimia.
Máxime cuando es evidente que, La chica que jugaba con fuego es un título MUCHÍSIMO más acorde al juego que propone la trama.
Pero a lo que quiero ir es a que la traducción, por raro que parezca, es de las más tolerables que he leído en años. No contabilicé ningún “tío” (aunque sí una sóla “tía”. En dos tomos de 700 páginas promedio es récord. Quizás me haya confundido y los haya leído acostumbrado, pero lo importante es que no cortan el tono de la lectura), menos un “follar”, “polla”, “tíovivo”, “fornicio”, “folleque”, “follón”, y variables similares. Un gran alivio que hizo de la lectura un placer mucho más intenso, sin las insolentes interrupciones del gallego hablándome en slang ibérico. Excepción sea hecha: que alguien me expliqué qué re-carajos significa "inri" en slang ibérico juvenil.

La chica que jugaba con fuego (de ahora en más me referiré así a Millenium 2) es todo lo que La chica con el tatuaje del dragón (de ahora en más me referiré así a Millenium 1) no llegó a ser.
Se nota una trama muchísima más elaborada, una prosa más ágil, situaciones mejor resueltas (aunque parece ser estructural (porque aparece en las dos novelas) que haya una escena donde un personaje salve de la muerte a otro que está siendo amenazado por un maniático) y un ritmo más veloz (aunque también, la cosa empieza a ponerse buena justo a la mitad del libro, cuando uno ya se comió 300 páginas).
Definitivamente la balanza empieza a inclinarse hacia Lisbeth y Mikael “Kalle Blomkvist de la mierda” como lo llama ella, no deja de ser un personaje interesante, pero que ahonda en su sosez de “buen sueco/buen europeo” que a veces aburre. “Señor Perfecto” también lo llama Lisbeth que es justamente, cualquier cosa menos perfecta.

A veces peca de excesivo Larsson pero lo hace con una ingenuidad que provoca ternura. La inclusión del boxeador Paolo Roberto y la rememoración de su combate con el “boxeador argentino (!!!!!) Sebastián Luján” parecen un exceso típico de exotismo. Pero lo soportamos al igual que Lisbeth soporta a Mikael Blomkvist. Y es que los personajes terminan siendo, por lo general, muy adorables. ¿Cómo explicar si no la empatía por el policía “Burbuja” Bublanski? Porque el narrador se encarga de enternecernos con esos pequeños rasgos de personalidad. Lo que a veces se le va de las manos con un maniqueísmo un poco torpe: los malos son malísimos (y estúpidos) y los buenos son buenísimos (y brillantes). Los malos son monstruos de la naturaleza o errores sociabilización y los buenos... son los buenos y punto.

Un punto bastante cómico para un lector de estos lares es la parte de la trama que se ocupa de Blomkvist enfrentando face to face a tipos que va a denunciar por trata de blancas, para asegurarse de que no serán denuncias infundadas. La posibilidad de pensar en un investigador acercándose a un tratante de blancas en la argentina para preguntarle si realmente tiene putas escondidas en un local de Once para entonces denunciarlo a la justicia y no pensar que ese intrépido que haga la pregunta va a aparecer al día siguiente en una zanja, causa gracia.
Y en esta inverosimilitud, hay una escena en particular hacia el final de la novela que descalabra cualquier intención de mantener un mínimo de realismo digna de ser considerada un homenaje a cierta escena famosa de Kill Bill 2, pero que sin embargo, logra mantenerse en pie.

Y ahora el 1 de agosto es el día esperado. Algunos cumplirán años ese día, otros esperarán que llegue el nuevo mes para cobrar un nuevo sueldo y otros, esperarán que salga en castellano y en Buenos Aires el volumen 3 de la trilogía Millenium con la que se cortó prematuramente el monumental proyecto de Larsson de hacer 10 novelas en su cosmogonía de la Revista Millenium.
Sabremos finalmente si el tercer libro es al segundo lo que el segundo es al primero. Y espero que sí lo sea. Ese Stieg Larsson de la mierda se lo tiene merecido. En especial porque no es un Stieg Larsson de la hostia como era de esperarse de una traducción gallega. Es de la mierda.

26 de junio de 2009

Sexo y erotismo en El lector de B.Schlink


Nota: el siguiente texto constituyó mi respuesta a la segunda pregunta del primer parcial de Literatura Alemana que tuve este año bajo la consigna Sexo, amor y erotismo en El lector de B.Schlink.

Con la aparición de la novela Casa de muñecas del escritor israelí K.Tzetnik en 1955 el subgénero de literatura popular pornográfica israelí conocido como Stalag alcanzó su máximo de popularidad. Estas novelas pornográficas presentaban a sus protagonistas como soldados aliados o judíos, capturados en campos de concentración y sometidos a torturas por parte de oficiales nazis femeninas descriptas bajo un imaginario Sado-Masoquista de leather sex. La resolución de la trama estaba dada por el momento en que el prisionero lograba escapar y subvertía la trama de torturas violando y matando a las dominatrices.
El género cayó en una decadencia de la que nunca se recuperó luego de ser exportado a otros mercados (incluido el alemán) hacia la década de 1970.
Sin embargo es posible ver en El lector de Bernhard Schlink, cierta continuidad temática respecto del género Stalag. La interacción sexual entre víctima y su victimario en un juego de poderes que se entremezclan constituye la tensión básica de estas narraciones. Mientras que en el Stalag lo que se ponía en juego era el deseo reprimido de alguna forma de venganza por parte de las víctimas (puede pensarse en el sexo y la muerte como dos campos cercanos interconectados por la presencia fálica que atraviesa, penetra el cuerpo, desgarra como paso previo a dar muerte), en El lector ese juego se supera en cuanto la relación entre Michael y Hanna trasciende el sexo iniciático para el joven. Aunque no por eso deja de haber una tensión que se desarrolla en varios sentidos.
Juan Pablo Bertazza lo explicita:

El vínculo entre Michael y Hanna – unidos por la diferencia de edad – es claramente una relación de amo y esclavo, de aquellas con labios que duelen de tanto besar. Y lo es porque en ese tipo de interacción no es exactamente que uno domine sobre el otro, sino más bien que sólo uno de los dos es conciente (y explotador y amo y señor) de la fascinación que genera, mientras se encarga de negar la que él mismo experimenta de parte del otro.
Es notable que los puntos álgidos de la novela, aquellos en los que aparece un atisbo de libertad sexual y personal, siempre estén motorizados por una orden, un mandato.

Bertazza, J. P.: Mirarlos leer en Radar, Página/12, domingo 3 de mayo de 2009, página 14.

La relación de amo y esclavo adquiere su momento más explícito cuando en una escena que rememora la violencia y el imaginario del leather sex propio del Stalag, Hanna golpea a Michael:

Tenía en la mano el fino cinturón de cuero con el que se sujetaba el vestido. Dio un paso atrás y me cruzó la cara con él. Se me reventó un labio y sentí el sabor de la sangre. No me dolía. Estaba aterrorizado. Ella volvió a levantar la mano.

Schlink, B.: El lector, Anagrama, Barcelona, 2000, página 55.

La violencia física concreta ejercida con el cuero de un cinturón tiende una línea de significado hacia el imaginario naziploitation aunque todavía el relato no haya avanzado hacia la revelación del pasado de Hanna. Al mismo tiempo, refuerza a Hanna como un personaje violento, en perfecta oposición con la familia de Michael, quienes durante el nazismo no tuvieron el rol que ella sí supo cumplir. El narrador lo dice a continuación:

En mi casa no se lloraba así. Ni se pegaba con la mano ni, por supuesto, con un cinturón. Si había algún problema, se hablaba. Pero ¿qué podía decir yo en aquel momento?

Schlink, 2000, página 55.
La condensación erótica del relato se produce por los contrastes entre actitudes pasivas y activas explotadas hiperbólicamente por la condición de sus personajes.
El joven muchacho que encuentra su iniciación sexual en una mujer fuerte que lo enamora y la mujer fuerte que muestra una personalidad violenta y luego descubrirá partes de un pasado terrible. Las relaciones de poder en esa relación están llevadas hasta el límite de la tensión:

- Lo siento, Hanna. Ha salido todo al revés. No quería ofenderte, pero parece que…
- ¿Parece? ¿O sea que parece que me has ofendido? Tú no podrías ofenderme a mí ni aunque quisieras.”

Schlink, 2000, página 49.
En la imposibilidad supuesta de ofenderla, blinda Hanna su afecto y ejerce el poder que luego retroactivamente se presenta como la condensación de una idea perturbadora: Una mujer con la capacidad criminal de elegir a quiénes mandaba a la cámara de gas ¿Podría ser alguna vez ofendida por un joven al que mantenía como juguete sexual? Es en retrospectiva que la tensión erótica actúa violentando los tiempos de la narración.
Y sin embargo, allí entra otra de las revelaciones que retrospectivamente vuelven a modificar el sentido de la trama: la revelación del analfabetismo de Hanna supone un nuevo rebalanceo de poderes donde el joven inexperto que le leía libros durante los baños compartidos tenía en ese acto un poder desequilibrador.
La relación entonces cobra el sentido de un intercambio en el que la búsqueda de conocer más acerca del cuerpo femenino por parte de Michael es respondido por la necesidad de Hanna de que le lean. Se establece una relación que en Michael es amorosa y para Hanna exclusivamente pornográfica de dejarse explorar el cuerpo a cambio de una narrativa que no puede poseer. En la imposibilidad de continuar la narración del cuerpo desnudo y la escena erótica, la sustitución se produce desde la narración de relatos clásicos. Dice Linda Williams en su análisis sobre la pornografía primitiva de los Stag Films:

It is, in short, as if the spectacle of the naked or nearly naked body, male or female, retards any possible forward narrative drive.

Williams, L.: Hard Core, Power, Pleasure and the “Frenzy of the Visible”, Universitiy of California Press, 1999, página 71.
El relato de Schlink se detiene en el descubrimiento puro de las sensaciones, los perfumes, los sentimientos, se sobrepone al cuerpo desnudo y la interacción. El narrador necesita llenar con palabras los espacios de una sexualidad que no esconde secretos en su generalidad unificadora de un acto natural y ahí construye el erotismo. Son aquellos momentos, ritos, sensaciones, pequeños detalles, los que llenan el relato y la violencia obscena pornográfica de la genitalidad está excluida, no hay, como en el género Stalag una venganza retrospectiva en la forma de una violación o la misma violencia física que supone el coito. En esta primera parte de la novela Hanna será un personaje dominante que es capaz de asegurar que no hay forma en que un chico la ofenda o la conmueva. La segunda parte en la revelación del pasado nazi del personaje, afirma ese dominio y le da una explicación inesperada a los actos ya narrados. La ambigüedad de sentimiento se apodera del Michal adulto y será recién hacia la tercera parte con la revelación del analfabetismo de Hanna y el envío de las cintas de lectura grabadas donde las posiciones de dominantes y dominados cambian. Michael conoce ahora la contraparte de ese contrato nunca explicitado entre él y Hanna y entiende que la lectura significaba su aporte en el intercambio. La mediación por la cual le envía las cintas sin hacerse presente en la celda aparece como un dominio sobre ella que vieja y encerrada, ya no tiene nada que ofrecerle. Incluso su olor ha cambiado, precisamente aquel puente significante de sexualidad y adolescencia:

Antes su olor me encantaba. Siempre olía a limpio: a ducha, a ropa limpia, a sudor freso o a amor físico. (…)
Ahora, sentado junto a Hanna, olí a una anciana. No sé de donde sale ese olor que conozco de las abuelas y las tías entradas en años, y que flota como una maldición en las habitaciones y los pasillos de los asilos. Hanna era demasiado joven para aquel olor.

Schlink, 2000, página183
Ya no quedará nada interesante en ese trato para Michael que reafirmará su dominio final en una reescritrua de la venganza del protagonista del Stalag mediante el olvido de Hanna en la celda durante sus últimos días.

17 de abril de 2009

Pola

Después de esta dedicatoria, no podía no-leer el libro sensación de la temporada.

Las teorías salvajes es una novela rara, confusa, llena de información, donde sus líneas narrativas se entrecruzan todo el tiempo, se insertan textos de estilo científico al lado de narradores en primera persona luego se salta a narradores en tercera, se narran al mismo tiempo varias historias que no parecen dirigirse del todo hacia el mismo lugar, una novela caprichosa.
Aún a pesar de esta fuga constante de la línea narrativa, del orden lógico esperable de un reencuentro de todo lo dicho en un punto, la novela también se presenta como una pelota de información condensada que se clava en el estómago del lector como si hubiera sido arrojada con toda la furia de un puntinazo violento con intención de liquidar al arquero.
Es coqueta, sexy, divertida y nerd porque estira el lenguaje y lo convierte en un chicle que a veces está más elástico y nuevito y en otras oportunidades parece más duro y viejo, dificil de roer, dificil de digerir.
Se ha dicho que la novela es una Novela Google, quizás por este azar de las palabras puestas en un cuadro blanco y las opciones entrecruzadas que se obtienen (“Voy a Tener Suerte” una declaración que navega en el optimismo ingenuo que es casi la marca user friendly de Google) al apretar un botón. Sin embargo debería quizás hablarse de Novela Wikipedia que es el buscador que todo nerd legítimo sabe utilizar. “Si lo dice Wikipedia tiene que ser cierto” declara un grupo de Facebook y es precisamente lo que sienten los millones de usuarios que confían ciegamente en la enciclopedia gratuita como fuente de sus informaciones nerd. Porque Wikipedia es la corporización del espíritu cooperativista, desinteresado y de compartimiento de conocimiento que está en la base del pensamiento nerd. No por nada las entradas sobre personajes de cómic y teorías de la física (dos necesidades clave en la vida de un nerd) son las más elaboradas y exhaustivas.
Eso es Las teorías salvajes también: una enmarañada red de ideas que se exponen e interpelan al lector, lo desafían a los dos clicks para entrar el nombre de la teoría en el cuadro blanco de búsqueda de Wikipedia incorporado al Mozilla Firefox y después, casi como una palmada al hombro lo desaniman: “no hacía falta, era un chiste.”
Porque cuando se logra superar esa densidad semántica plagada de teoría y se ve a un personaje buscando una frase perfecta, con sentido, inteligente y sagaz para decirse a él mismo ante la escena de una felación con un travesti, entonces se entiende el ridículo de la situación y eso sucede en varios momentos, con una metarreflexión acerca de la estudiantina tipo “venganza de los nerds” incluida.
El brillante desenlace de la historia de una de las protagonistas con apellido difícil de pronunciar, está lleno de poesía y bits, una asociación deliciosa que hace que la tercera y última parte de la novela adquiera cierta estrutura narrativa apenas más convencional y lineal.
Por lo demás, todo lo que esta novela declara tener esta: pasillos de Puan, profesores excéntricos, teorías disparatadas, pasos de comedia y un cierto sabor orillero a Los detectives salvajes, claro. Sólo que mientras la novela de Bolaño hacía una especie de historia oral en clave de comedia acerca de los grupúsculos de poesía, Las teorías salvajes lleva al ridículo del paso de comedia a toda esta generación de geeks, nerds, snobs y chicas alternativas de Filosofía y Letras que están ahí y adquieren diversos grados de visibilidad y neurosis.
Rellena con ilustraciones y tachaduras, esbozos, notas al pie, la novela también gana el grado de collage experimental típico del diario de una de estas chicas neuróticas de filo y no se priva de insertar un divertido diario de una ex guerrillera dedicado a Mao a quien para mantener en clave menciona como Moo o de insertar también la construcción de un videojuego que es el reverso perfecto del que programa Felipe Félix, el hacker de Las Islas de Carlos Gamerro: mientras que este videojuego sobre Malvinas era una reescritura de la guerra para que ganara el bando argentino, en el videojuego guerrillero de Las teorías salvajes lo que hay es un regodeo en los valores hipócritas de la clase media acomodada que siempre se acomoda precisamente, según para donde sople el viento político imperante.
Así, de a trozos groseros y apenas delimitados, se construye Las teorías salvajes como un cuerpo textual que también permite reflexionar sobre el género novela como lo que es: un condensado de partes de discursos menores atados con alambre para dar un discurso primario.
Las teorías salvajes es por esto entonces, un Franksentein narrativo pero en versión femenina, cool, y muy bonita.

5 de abril de 2009

Diálogo crítico

Maxi Tomas escribió en su columna de Perfil de hoy sobre Porno de Bertorello y me menciona en lo que pareciera un principio de diálogo crítico respecto de la reseña que yo hice para Hacia el Bicentenario.

3 de abril de 2009

Peras por manzanas


Que siempre existió el hypeo literario es algo tan conocido que para darse una buena muestra basta con recorrer los títulos de la colección Grandes novelistas Emecé.
Los tipos ya te decían que ellos tenían los “mejores” o los más grandes y uno compraba eso como parte del producto.
Es lógico y es una cuestión de simple márketing: sale un libro, digamos que es lo mejor que te puede pasar en la vida para convencerte no sólo de comprarlo sino de gastar tu precioso tiempo en leer ese ejemplar y no las mil millones de otra posibilidades de lecturas o las miles de miles de millones de posibilidades de otras actividades que no sean la lectura. Y además, de paso, te decimos que es “lo mejor” así podés presumir ante tus amigos y/o conocidos que visiten tu biblioteca: ahí vas y les mostrás que vos tenés a los mejores, por más que nunca los vayas a leer.
En las contratapas de los suplementos las editoriales grandes invierten parte de sus presupuestos de márketing en poner foto de tapa del libro y con suerte foto del autor y algún comentario elogioso de periodista cultural o crítico o el que sea que haya dicho algo bonito sobre el libro en cuestión.
Son las reglas del juego y creo que cualquier lector avezado está acostumbrado a ese tipo de lógica marketinera.
Lo que me parece que está pasando por otro lado es que se produce una especie de sobreaxegarado hype literario enfocado en libros de escritores jóvenes argentinos que pegan una editorial pequeña o mediana y entonces, todos los blogs del ambiente, todos los amigos del ambiente, todos los comentadores del ambiente, los que tienen acceso más o menos irrestricto a medios de prensa gráfica salen a estimular ese hypeo impresionante que al final hace que cualquier libro (y no hablo de ninguno en particular) se convierta en “El libro del año” cuando quizás lo mejor hubiera sido ir con la verdad: “Es un buen libro” o “Es un libro que tiene sus momentos” o “Es muy bueno en algunas cosas pero le pifia en otras” o “Es un libro malo por estos X motivos”, en fin, la variedad es infinita.
Y hablo también asumiendo mi responsabilidad y en plan autocrítico, sabiendo que cuando he podido introduje en algún medio una entrevista a un escritor amigo o conocido o la reseña de algún libro del ambiente.
Lo único que se genera es este tremendo y zumbón hype que hace que un libro, sólo porque es de un escritor argentino nacido de 1970 para acá, sólo porque es un libro que publicó una editorial pequeña y por lo tanto no tiene llegada masiva y sumado estos factores necesiten un poco de impulso para convertirse en moderados éxitos o vender digamos, no sé, la mitad de la tirada (estoy tirando un número al azar y sin comprobación real), termine siendo sobreexpuesto. Un libro que incluso puede llegar a estar bueno, pero cuando uno finalmente lo va a leer se le derrumba en comparación con el excesivo y no fundamentado boca a boca.
Ese mecanismo mágico del boca a boca, se transmutó en “blog a blog” y perdió en el camino. Porque un boca a boca forzado por algún factor no es un verdadero boca a boca y por lo tanto termina cortándose naturalmente. Muere en la medida en que se chocan las expectativa altísimas con la verdad del libro.
En la “crítica blogger” de estos momentos nadie se atreve a decir lo que realmente le pareció un libro y si alguien se atreve finalmente, porque esto en defnitiva es un blog, un producto con el que uno mismo, uno autor, el gil de la fotito de arriba a la derecha se lo tiene que bancar con su propio cuerpo, vienen las críticas de mala leche, resentidas, animosidad manifiesta, etc.
Claro, esto es un blog, no es una revista. El editor es uno mismo.
Está buenísimo en cierto sentido porque es más honesto que los medios de comunicación masiva porque es más fácil encontrar una línea editorial o verla explícita, y es una cagada porque no podemos esconderlo.
Una revista da cierta impunidad de culpas repartidas. Si digo lo mismo que digo en este blog pero lo publico en una revista (digital o de papel) tengo el respaldo de un consejo editor, de un grupo que supuestamente funciona de forma compacta respaldando mi opinión.
Entonces, un blogger podría y debería hacer explícito si tiene alguna preferencia estética o fetiche determinado. Me parece lógico y hasta deseable. Creo que ha quedado visto por más de un post que escribí que por ejemplo amo a James Ellroy, Raymond Chandler, Alan Moore, Frank Miller y varios más, que me encanta la narrativa argentina de Mariana Enriquez y Pablo Ramos, y les tengo simpatía a proyectos editoriales como los de Entropía, Eterna Cadencia, Caja Negra Editora y algunas otras.
Si Harold Bloom puede tener su canon, no veo por qué yo no.
Esto tampoco significa que inmediatamente si alguno de ellos saca un producto que no me gusta tanto de todos modos vaya a decir que son “lo mejor del año”. Ni tampoco tengo intención de callarme si un libro publicado por alguno de ellos me parece francamente malo.
Todos los medios de comunicación tienen sus amigos y enemigos. Es normal e inevitable. La objetividad periodística de cualquier revista es un chiste malo.
Pero de lo que tenemos que tener cuidado es del hypeo al pedo. Las cosas en su justa medida. Las reseñas que señalen lo bueno y lo malo por igual. Me gustaría que perdiéramos el miedo de ofender a un autor-amigo-conocido del medio porque ahí se nos va todo al hypeo idiota y el resultado es contraproducente y origen del comentario malintencionado del tipo: “Che, ¿Viste todo lo que hablan de que el libro X es lo mejor que se publicó este año? lo leí y me pareció una cagada.” Todo dicho en tono de superado y desconfiado-escéptico.
Sumado a esto, con tanto hypeo literario, algunos autores puede que se lo crean y terminen como en ese capítulo de South Park en el que la gente que vive en San Francisco es taaaaaaaan pero taaaaaan cool que hasta se convencen de que sus pedos huelen bien y se la pasan todo el día oliéndose su propio culo.

Las críticas que no se escriben

Y en ese estúpido consenso también caen las críticas que no se hacen. La crítica pasó de ser un verbo “Él critica” a un sustantivo soso: “Crítica”. En eso se perdió el contenido de la misma crítica: si uno ejerce su profesión de la manera más honesta que puede y considera un libro malo y dice y justifica el por qué del fracaso (en la operación que intenta, en su estructura, en lo que sea que lo conforme, etc.), se le vienen encima los aprietes que pueden tener diversas formas: mala leche, apriete personal e intimidación, comentarios (“A ese pibe lo voy a cagar a trompadas”), dejar de recibir libros de determinada editorial, censura previa en otros blogs y la literatura se convierte en un partido de fútbol con barras bravas apretando a los jugadores.
Los bloggers literarios entonces parecen vivir embobados con cuanta gilada se publique (porque en la literatura, y esto es casi estadístico, de 10 libros publicados, 8 son una gilada) porque necesitan para subsistir el beneplácito de las editoriales que les mandarán sus libros para reseñar y de esta perversa forma, el blogger que comenzó honestamente, ejerciendo su profesión ad honorem termina convirtiéndose en una especie de sucursal de prensa de las editoriales que le envían sus libros. Y encima lo hacen gratis.
Señalar las simpatías pero también jugársela y decir las cosas de frente: no amedrentarse por la amistad y el “en este medio nos conocemos todos”.

El caso del Spore

Pasó el año pasado: la salida del juego de Will Wright, Spore se venía prometiendo desde hace años como una verdadera revolución. Finalmente salió y había habido tanto, pero tanto hype encima del producto que no tardó nada en caerse, estallar como la burbuja que era.
Si bien recibió buenas críticas de las principales revistas especializadas, el público mismo se encargó de enfurecerse contra el juego e inundó blogs de quejas y desilusiones. No había estado a la altura de tanta expectativa (algo así imagino, pasará finalmente con el Duke Nukem Forever el día que finalmente salga y por eso me parecería mejor que directamente lo cancelaran de una vez).
Es un ejemplo a tener en cuenta a la hora de planificar unas estrategias de márketing viral más interesantes y productivas para la literatura argentina conteporánea que se edita, sabiendo que la hay de la buena y de la mala, pero que es necesario destacar que no podemos seguir guiándonos por el criterio: “Buena es la que se recomienda en los blogs y mala la que no” porque hay cientos de escritores que por no pertenecer a ciertos grupos se pierden de la posibilidad de circulación blogger y otros que aparecen, ponen a circular libros que no valen ni el papel que se empleó en imprimirlos.
No vaya a ser cosa que los propios críticos terminen convencidos de que sus reseñas y críticas poco comprometidas huelen bien y se pongan a olerse sus propios culos.

30 de marzo de 2009

Finde con reseñas

Ayer salió una reseña mía de el ensayo La religión americana de Harold Bloom en el suplemento Radar Libros de Página/12.

Link: In God We Trust.

Hoy salió en Hacia el lento y dulce bicentenario una reseña que hice del libro de cuentos Porno de Marcos Bertorello.

Link: No levanta temperatura.

20 de marzo de 2009

Un futuro bastante despejado

Lo bueno de las antologías es que permiten tener una saboreada de diversos escritores en un formato compacto, rápido, digerible y accesible.
Muchos escritores que hasta el momento de empezar a leer el libro no significaban nada y sus nombres no sonaban ni siquiera en forma lejana, se convierten por arte del antologador en una lectura. Y el lector confía en ese antologador detrás del cual y a veces incluso, detrás de un prólogo, se alistan prontos a saltar al campo de batalla esa tanda de nombres para conquistar nuestros corazones de lectores.

Lo malo de las antologías es que siempre serán incompletas, suelen ser desparejas en cuanto a calidad, suelen suscitar sospechas del criterio que empleó el antologador en su selección (entrando aquí relaciones afectivas, de amistad, de simpatía, etc., pero siempre extra literarias) porque son mecanismos ideados como muestreo de escritores poco conocidos, que intentan convencer al público lector de que deberían ser conocidos y el objetivo de última sería poder introducir luego a alguno de ellos en el mercado, con un libro individual.
Las antologías nos vienen invadiendo porque parecen un recurso barato y rendidor para las editoriales: muchos autores, un tema que pegue, una frase ganadora que hable de que lo contenido en el libro (en el frasco de la tapa en este caso) es lo mejor de lo mejor que uno podría leer de narrativa nueva y listo, envuelto para regalo el lector se da una panzada de cuentos que varían en sus registros y tonos, suben y bajan en su calidad y en definitiva, no alcanzan una uniformidad (que es algo esperable en un libro de cuentos) y que si la encuentran es peor todavía: demuestra que esa selección de escritores parecen todos cortados por la misma feteadora de fiambres lo que convierte la lectura en un recorrido lineal por escritores que escriben igual. En definitiva: un bodrio.

El caso de la antología de escritores latinoamericanos sub 40 de Eterna Cadencia se comprueban estos aspectos positivos y negativos. Quizás el título que habla de un futuro perdido no esté tan presente en los cuentos como era de esperarse.
Claro que hay referencias a futuros truncos en algunos cuentos (como por ejemplo en Un desierto lleno de agua de Santiago Roncagliolo, uno de los más poderosos aunque carente de toda originalidad post -Kids golpe a golpe y toda la escuela white trash-teen que le siguió. Se vale de las diferencias de clase social como núcleo de una historia de iniciación sexual adolescente. Nada nuevo bajo el sol) y alguna que otra indagación divertida sobre los vericuetos posmodernos donde el futuro quedó por lo menos, en un rincón medio dudoso (como en Pseudoefedrina de Antonio Ortuño que se mete con la curandería new age mezclado en una trama de erotismo “picante” que no logra tomar vuelo del todo) pero en general lo que sobrevuela en estos cuentos es cierta moderación despreocupada.
No hay un riesgo asumido, no hay vértigo de un “futuro no nuestro” como podría haberlo en la el ya oldie clásico Less Than Zero de Bret Easton Ellis donde el No Future punk era transmutado en No Future de merca dura, orgías y muerte sin sentido. Por lo que si bien es cierto que la década de derrumbe de todas las certezas y triunfo del Mercado que borró nuestro futuro se extendió durante toda la década de los ´80, ´90 y nos muestra ese futuro que no nos pertenece en el derrumbe actual, las formas de narrar esa destrucción parece bastante pacata y estanca en la idea de una trasgresión que a lo sumo llega a contar cómo Sendero Luminoso degollaba perros y los colgaba de los postes de luz (un buen cuento que sufre de un desenlace estúpido: Lima, Perú, 28 de julio de 1979 de Daniel Alarcón).
El resto de la antología navega por agua tibia. Por el costado local, Oliverio Coelho se despacha con un cuento (Sun-Woo) que bien podría ser esbozo de una película de terror oriental, como las que están de moda. Samanta Schweblin (En la estepa) construye un cuento en el que predomina un clima de misterio que nunca se resuelve, jugando con la angustia de una presencia no dilucidada que espanta y atrae por igual. La violencia referida está en Hipotéticamente de Antonio Ungar en la que el narrador cuenta cómo su vecino se enfrenta con su hermano. Eso es lo que predomina en la antología: una experiencia de la violencia o de lo que arruina el futuro como algo que pasa por al lado, algo que no afecta directamente al narrador. El cuento de Juan Gabriel Vásquez retoma el tópico de la violencia política en Colombia haciendo al Río Medellín testigo de las atrocidades y llevando a la gente común al lugar de espectadores del horror, algo que parece un poco desactualizado teniendo en cuenta las experiencias de la televisación en Reality Shows de toda clase de miseria humana.
Árbol genealógico de Andrea Jeftanovic es sin lugar a dudas el punto más alto de la antología. Un cuento extraño y perturbador que se mete con el tabú del incesto y lo explota desde una perspectiva infantil, donde una nena se asume como el reflejo inteligente y perverso de su padre: débil y extraviado.
Por el contrario, Una historia cualquiera de Ronald Flores es un cuento que se inscribe en una tradición superadísima de la historia literaria como es el Realismo Socialista pero en clave todavía más suave. La sucesión de clichés y lugares comunes se acumulan para desarrollar la historia de una esclava laboral y luego sexual de un taller de confección de ropa en algún lugar de centroamérica.
La decepción más profunda me vino con Variaciones sobre temas de Murakami y Tsao Hsueh-Kin del mexicano Tryno Maldonado: ¿Hasta cuando seguiremos viendo literatura latinoamericana intentando construir fábulas sobre oriente? Parece un mal intento de imitar a Borges.
Por último cabe mencionar el cuento del uruguayo Ignacio Alcuri que es una pequeña historia sobre la base de ciertos relatos de ciencia ficción tipo Isaac Asimov, sin demasiadas pretensiones pero que cumple como comedia liviana.
Entonces, teniendo en cuenta este panorama destacado (la antología se completa con otros cuentos, pero haré silencio piadoso sobre ellos) el libro parece más la suma de sus partes que como una unidad concreta, atravesada por una tensión concreta enunciada ya desde el título.
Como con toda antología, será cuestión de tiempo ver quiénes de los antologados sobreviven la efímera fama de un cuento publicado para convertirse en figuras literarias destacadas.

2 de marzo de 2009

Lea y comente

Salió Los asesinos tímidos n°14.

Escribí una reseña de Los domingos son para dormir de Sonia Budassi para ellos.

27 de febrero de 2009

Está hablando del fasooo

Porrovideo de Jorge Alfonso. Y sí... está hablando del faso.


De las varias cosas bonitas e inesperadas que me sucedieron en Montevideo, sin lugar a dudas una de las más agradables la pude apreciar recién cuando llegué a Buenos Aires.
Y es que mientras estuve allá me tuve que dedicar a preparar la entrevista que le hice a Ercole Lissardi, recorrer la ciudad, sentarme en muchos bares diferentes a tomar mucho café (otra sorpresa: el café de Montevideo es lo más) y leer algunos de los libros que me había llevado. Por lo que cuando Martín de Hum Editora y Estuario Editora me habló del libro de Jorge Alfonso (Porrovideo) lo máximo que pude hacer fue interesarme en la anécdota de cómo había llegado a sus manos el original: un tipo se le apareció en la puerta de la casa y entregándole el manuscrito en la mano le dijo: “Este libro es una obra maestra. Me tomó tres años escribirlo y vas a ver que no te va a quedar otra que publicarlo”. Lo que al parecer fue una profecía que se cumplió. Eso según el editor de un libro que me estaba regalando podía parecer a exageración. Además a mí la cultura porrera y drogona no me interesa casi para nada (cuando leo literatura drogada prefiero que sea acerca de drogas duras como heroína para sentir un cosquilleo de emoción).
Sin embargo lo primero que me llamó la atención de este librito compacto y fácil de transportar, fue su diseño: un intenso verde flúo acompañado de azul y blanco con un dibujo de tapa que es una rata lectora muerta por el Space Invaders. Demasiada referencialidad nerd como para no sentirme interpelado.
Entonces cumplí con un rito que no es común en mí: leer un libro de cuentos.
Y la verdad es que esta reseña distará mucho de ser objetiva o mínimamente fundamentada en teoría porque me pasó que disfruté tanto de este libro que me resulta dificil apartarme del placer de la lectura y empezar a pensar en sentido de su estrucutra, sus herramientas constructivas, sus pliegues y uniones. Simplemente es un libro increíble. Divertidísimo.
Pero lo intentaré de todos modos. Intentaré que esta reseña tenga un mínimo de seriedad.
El primer cuento (El aire del barrio) empieza con una ineludible referencia nerd: el narrador (que se repite en todos los otros cuentos) está jugando a uno de esos viejos juegos bizarros de aviones para consola/PC en los cuáles el jugador batallaba con un mínimo avioncito contra moles a escalas imposibles que arrojaban bolas de colores como para reemplazar en escena las balas y uno tenía que hacer terribles maniobras para superar.
Un buen comienzo. Luego la acción se desplaza al barrio, los amigos, la nada misma y el porro. Y decir que todos los cuentos tratan de eso sería injusto. No, estos cuentos no tratan de la nada como se ha visto ya hasta el hartazgo el reflejo de una nada sin sentido que todos conocemos y que lejos está de ser carveriana. Estos cuentos están más cerca de Hemingway que de Carver porque la parte oculta del iceberg está ahí. Está presente. Hay algo debajo de la superficie y a veces es más superficial, a veces más profundo, a veces apenas se ve que hay algo, pero ese algo existe. Los cuentos no se limitan a las descripciones que podrían tranquilamente quedarse en la categoría de “prueba de estilo” o “entrenamiento narrativo” o como quieran llamarse a esos relatos vacíos que se limitan a describir escenas que pueden ir de cómo un tipo toma un plato de sopa a cómo dos amigos se encuentran en una fiesta en la que no sucede nada en absoluto.
Mi hermano y yo y la noche triste relata una escena desopilante en una cena poco normal y no se queda ahí sino que sigue al relato del encuentro delirante con una punk y otro tipo en la parada de un colectivo.
Ingeniería de las naranjas salvajes relata una experiencia laboral patética bajo la impronta de un cinismo bukowskiano muy afilado y divertido, con pequeñas inserciones de pensamiento a modo de anotaciones en un cuaderno.
Subir hasta el cielo sí relata una fiesta en la que no sucede mucho pero esconde la tristeza del nerd, que el narrador asume con timidez ser, en un mundo que no entiende. Es un relato desapegado, casi objetivo en el que la premisa de la joda está mediada por las formas de encontrar esa joda y diversión. El desenlace parece sentar las bases de una modalidad de escritura nerd que no había leído en escritores latinoamericanos hasta ahora.
El mejor amigo del perro es uno de los relatos mejor logrados donde la cotidaneidad es un relato del desastre, de las violencias ocultas, el descuido y la desprolijidad de unas vidas poco interesadas en nada más que el egoismo.
En la misma línea se encuentra Navidad con una gata anaranjada que probablemente sea el mejor relato del libro. Contiene una frase que nuclea la tristeza melancólica de todo el libro, de la vida de los que nunca supimos bien qué hacer con nuestra vida nerd y sensible:

Sin odio sin rencor podría contarle todo esto y explicarle que por eso creo que el mundo es un infierno. No por hijos de puta como él, sino por ese porblema que tiene la gente como yo, que quiere buscar siempre una explicación, un sentido para tanta maldad imbécil. Gente oscuramente optimista que a veces se ilusiona pensando en supuestos mandatos del azar que no aclaran nada.
Pero también me gustaría desearle que por todas las Navidades que queden por venir se acuerde siempre de un muchacho con un cachorro muerto en su falda el veinticinco de diciembre. (p.84)

Pero más allá de la melancolía también hay lugar para cuentos más relajados que se explayan un poco sobre el submundo de las drogas blandas y así en Marcelo: “Pienso, luego me drogo” el relato de un viaje con té de floripondio es menor pero divertidísimo o El fiambre de cada día donde el narrador tiene que contener sus ganas de reírse por efecto de la marihuana en una fiambrería mientras el fiambrero corta fetas de salame. En busca del elefante blanco relata con bastante cinismo una excursión para buscar merca y Soledad a la manera de Chéjov en los tiempos que corren empieza pareciendo un relato menor pero termina lleno de patetismo y desilusión, con el narrador metido en una reunión con amigos que se está produciendo al mismo tiempo y en el mismo lugar que una reunión de la madre de uno de esos amigos y sus amigas, donde esta madre termina borracha y triste.
El libro de Alfonso se lee con facilidad y placer. Su prosa está bien cuidada y no deja palabras al azar. Sus situaciones parecen mínimas pero esconden aspereza, tristeza, melancolía y barrio.

El libro no se consigue todavía en la Argentina, pero Martín, el editor estará viniendo para Buenos Aires en los próximos días (posiblemente el Lunes 9/3) por lo que si alguien inspirado por esta reseña lo quiere adquirir, escríbanle a él de mi parte:
humeditor@gmail.com

Y de yapa un video del día en que se presentó el libro en el acto del día mundial por la legalización de la marihuana en Montevideo. El autor leyendo un poema propio: Jessica Jenny Rodriguez.



23 de enero de 2009

Cómo hablar

Reseña

Tenemos que hablar de Celia Dosio

El género exige porque es un molde, unas cuantas recetas que requieren ser cumplidas para satisfacer al público lector de ese género.
La “novela femenina” (que no es lo mismo que la novela rosa) parece ser un subgénero reciente, quizás producto de la “modernización” de las mujeres sexualmente liberadas, laboralmente activas que salieron al mundo, como todos sabemos, gracias a Sex and the City.
Las reuniones de tupper se reemplazaron por las reuniones de DVD: las temporadas de la serie listas para ver entre amigas.
Y si bien es gracias a ese otro estereotipo de minas hablando de sus experiencias en la cama, quejándose de los tipos, comprando mucha ropa lujosa y en general, insatisfechas con sus vidas, quedó como una nueva construcción del estereotipo femenino, la tevé y los libros de la onda “Mujeres liberadas” siguen insistiendo con estas construcciones.
Seguro que alguien ya lo dijo, y creo recordarlo vagamente de alguna crítica de la película de Sex and the City: el modelo hizo de estas mujeres, hombres.
Si los rasgos de una masculinidad tosca se establecían en unos pocos rasgos (que podrían ser: groseros, tomadores de cerveza, obsesionados con el sexo y el fútbol, machistas y conquistadores seriales de mujeres (o su contraparte: perdedores obsesionados con lo que no tienen)) la serie se encargó de igualar de algún modo los tantos y generar un estereotipo femenino casi asimilable al del hombre (compradoras compulsivas, obsesionadas con el sexo y en especial, la insatisfacción femenina, promiscuas pero respetables (nunca putas), obsesionadas con los chismes y envidiosas de sus amigas).
En este estrecho panorama es dificil ver cómo un producto dentro de este target podría salirse al menos unos pasos de lo ya dicho o en todo caso, cómo escribir algo nuevo dentro de lo ya dicho.
Tenemos que hablar, la primera novela de Celia Dosio da una dosis de ambas.
No escapa a los clichés genéricos (y haría mal haciéndolo; en última instancia el género vive por las repeticiones y una lectora de la colección que publicó la novela no querría leer una vuelta airana al asunto) pero al mismo tiempo se permite introducir pequeños desvíos, casi imperceptibles en la prosa que es ágil y sin preciosismos y de pronto, en algunos fragmentos o algunos capítulos enteros, se permite un comentario sutil, o una vuelta del narrador que se pierde y termina opinando directamente.
No es menor. Algunos chistes intelectualoides (genial la salida de Martina con el letroso donde describe una lectura de poesía, una fiesta decadente y un tipo obsesionado con la ostranenie. En general, los capítulos de Martina son los más logrados, donde la voz narrativa parece sentirse más cómoda. No son tan explícitos, tienen ironía y ritmo),
un comentario acerca de las percepciones que termina comprometiendo bastante al narrador, una trama que si bien cumple en satisfacer (da la cucharadita de azucar del placer culposo de una literatura hecha para consumo directo, sin contratiempos) y es bastante lineal, no es sin embargo, absolutamente feliz en su resolución como era de esperar.
Hay un cierto tono irónico-agrio que es interesante y se siente.
Las mujeres fracasadas que gestan durante la novela su reencuentro no dejarán de ser fracasadas por ese encuentro, pero tendrán un respiro.
En ese sentido el último capítulo de la novela es el más jugado a nivel experimentación (lo que puede esperarse de una novela con las características antedichas) y juega con las mismas convenciones del género, donde la fiesta de hadas termina siendo un esperpento decadente y la narradora se permite introducir un par de ironías (en especial cuando relata el Carnavala Carioca):

Empiezan a repartir el cotillón comprado en la casa con un nombre tan enigmático como “FestiChola”.
(p.203)

El trencito y las ruedas de tipos desaliñados y borrachos cantando a los gritos: “sooomoo lo que somo, decadentes, así somo” y ya no queda espacio para la ilusión de que un mundo mejor es posible.
(págs. 204 y 205)


Hay una apropiación muy correcta de cierto lenguaje tecno-freak o semi-geek. Muchas referencias a cultura popular bien puestas que definen la franja etaria llevándola a las referencialidades típicas de una mujer de treinta y pico inserta en determinados grupos cool.
Entonces, si bien hay género y hay simpleza en la trama, también hay espacio para ciertos pequeños puntos de fuga que chocan con el género y lo llevan a una sonrisa cómplice del lector, un interés genuino en ver la forma en que la prosa se encargará de relatar una historia que se puede ir prediciendo y que por eso mismo, genera placer.
La literatura de género tiene su valor en la forma en que cada escritor se apropia de los mecanismos rígidos y los pone a funcionar a su manera. En ese sentido, Dosio no sólo es efectiva, sino que le agrega una cuota de diversión que no se queda sólo en el regodeo del lamento cool de las insatisfechas.

12 de diciembre de 2008

Reseña crítica

Dramaturgias
Autores Varios

Editorial Entropía


por Yamila Nuria
(Colaboración especial)

Cuando empecé a leer esta antología de siete obras de teatro escritas por siete dramaturgas argentinas contemporáneas no tenía ninguna expectativa particular. Comencé por el prólogo: Mariana Oberstern argumentaba que no existe algo así como teatro de género y por lo tanto estas sustanciosas piezas, escritas por siete artistas (ocasionalmente mujeres), vienen a poblar estas páginas.
Bien, no podía estar más de acuerdo; pero el problema es que el libro es una antología de obras y toda antología responde a un criterio. Si no es el hecho de que las escritoras de este libro sean mujeres, ¿Qué es?
Podría ser que pertenecen a una misma generación – todas rondan entre los veinte y treinta años. Podría ser que comparten una cantidad de recursos similares que se repiten en las obras, sí. Podría ser que tuvieron maestro y profesores coincidentes, sí. Y hasta ahí parecieran llegar las coincidencias. No me convence, no debería convencer a nadie.
Si estas siete obras están atravesadas por una misma época, por un mismo lugar y una misma realidad, ¿Cuál es su reflejo en esta antología?

Poses para Dormir de Lola Arias encabeza el libro. Tuve muchos conflictos con esta pieza en particular pero finalmente resultó ser muy reveladora.
La propuesta de la obra parece interesante y audaz. Desde la primera página donde se menciona a los personajes (Nadia, la piromaníaca; Bruno, el aviador; Jota, el pornógrafo; Tao, la chica soldado) y el mundillo imaginario en que se desarrolla (un país exótico situado en el hemisferio Norte del planeta, donde se habla algo parecido al español, donde se produce una guerra civil y sólo a las mujeres se les permite participar de ella) la expectativa empieza a acumularse ya desde las primeras líneas de dialogo. El gran conflicto se hace esperar y esperar. De pronto las situaciones se empiezan a repetir, los recursos se sobre-exigen (como la explosión de granadas), los personajes no se ven afectados por las situaciones, no se dejan afectar y es tanta la inmovilidad que transmite la obra que el único final lógicamente imaginable es la destrucción producida por un agente exterior, un movimiento proveniente del afuera.
Y me entristecí. ¿Cómo no hacerlo? ¡Si la obra me había generado expectativas maravillosas que quedaron truncas! Y lo peor de todo es que no tenía muy en claro de cómo ni por qué había pasado eso. Sólo tenía los indicios de mi intuición lectora.

Fue entonces cuando tuve la suerte de que una amiga me cuasi-obligara a presenciar una mesa de debate titulada “¿Qué es la Teatralidad?”, que tuvo de invitados a Rafael Spregelburd y Alejandro Catalán, entre otros actores/directores teatrales. La verdad es que desde un primer momento, mi motivación para ir a esta charla fue escucharlo a Spregelburd que siempre tiene buenas cosas para decir. Pero la sorpresa de la tarde fue Alejandro Catalán. A pesar de que él se dedicó a hablar del gesto escénico – no de la escritura teatral – y que no tengo una desgrabación exacta de aquella tarde, voy a tratar de ser fiel a sus palabras o más bien, a las ideas que ellas dejaron repiqueteando en mi cabeza.
Comenzaba explicando cómo funcionaba el arte antes y como no lo hace ahora.
Antes los modelos estéticos y el mismo arte se desplazaban por movimientos de ruptura. Una forma se imponía y se reproducía hasta que una corriente de ruptura venía en sentido contrario, producía una crisis y luego se imponía ella misma como la forma del arte. Suena muy simple, lo sé. Nada es tan simple.
Pero lo importante es que esta imagen simple de automatización y extrañamiento que es tan aplicable para otros tiempos, no lo es para el nuestro. Vivimos en una época que no acoge determinismos. No hay nada con que romper porque no hay una forma determinada que se imponga como imperativo estético.
Esto no intenta ser un juicio sino una observación. Y tampoco quiere decir que el único movimiento posible sea el de ruptura. Pero sí marca una problemática del teatro actual que nos separa generacionalmente: la fragmentación.
Un ejemplo muy lindo que usó Catalán fue uno en relación a los actores: antes un actor se formaba en una compañía teatral con su escuela de actuación específica y desarrollaba su actividad con esa misma compañía. Hoy en día un actor se forma en distintas escuelas y cuando arma un grupo para presentar una obra, cada uno debe arreglárselas como pueda para tomar lo que le sirva de todo lo que aprendió.
Entonces ya desde la actuación aparece la lógica dificultad de pensar un teatro donde todos los elementos trabajen como una unidad ficcional dinámica. O sea que ningún elemento de la obra se valga por sí mismo sobre los demás pues el resultado de eso (y creo que esta fue la razón de mi angustiosa sensación con Poses para dormir) es el estancamiento de la historia.
Así, algunos recursos se imponen para lograr darle consistencia al material teatral: el impacto, la ocurrencia en los diálogos, la parodia, la solemnidad. Pero a veces muchas obras se organizan solo en torno al impacto que va a ser razón de convocatoria. Y lo que queda es un relato fragmentado. Como esas obras de las que a uno solo le gusta la iluminación o la música o la actuación de un solo actor. Si la obra no puede ser vista como una unidad sale perdiendo el juego teatral. La posibilidad de que es espectador crea en lo que ve aunque sepa que es una mentira se anula.

En Sigo mintiendo de Mariana Chaud, un disfrazado de azul llega sin invitación a la fiesta de cumpleaños de Flopy. Mientras su amiga Maura y su hermana Marcela se pelean por el amor del hombrecito azul (a quien nadie le cree su procedencia extraterrestre), su novio Germán filosofa inamovible desde el sillón mientras se emborracha hasta caer dormido. La historia empieza desde el final y avanza hacia atrás hasta terminar en el principio, pasando por momentos que posibilitan este efecto, como el brindis de cumpleaños donde luego de chocar copas, los personajes arrojan el liquido dentro de la botella en vez de tomarlo.
Si bien la comicidad y el trabajo sobre el cronos son procedimientos que sostienen la obra desde el efecto que causan, no acaba allí:

GERMAN: ¿Vos estudias?
DISFRAZADO: no, yo soy un ET, no puedo estudiar ni nada.
GERMAN (sin entender): todos somos un poco ET. Yo antes quería formar parte de esta sociedad y que todos me respetaran. Ahora me siento cada vez mas como una escupida reciente de la sociedad, todavía pringoso y mojadito.
…DISFRAZADO (va hacia Germán): Mas cortos que ustedes no vi en todo el universo. Pasé uno de los momentos mas aburridos de los últimos quinientos doce años, mirándote. Se perdieron de que los rescate por su exceso de inocencia. Se pasaron de inocentes. Una punta que toca la otra es una serpiente. No voy a mencionar la palabra “culpables”, tampoco voy a mencionar la palabra “vincha”, ni la palabra “CD player”. Tampoco voy a mencionar la palabra “turrón”, ni la palabra “cascabel”.
Sois unas tortugas.¡Tortugas!
Existe en esta obra (como no pasa en todas) una voluntad de decir en los personajes que los humaniza mas allá de lo desopilante de la situación. Hay certezas y verdades que cada uno trae consigo que enriquecen lo enrarecido de la historia, le dan un sentido más. Si bien los artificios están a la vista, las profundidades no están vacías. La necesidad de los personajes por decir algo aunque no sepan cómo, sostiene su voluntad de existencia. Los efectivismos humorísticos y las salidas desopilantes son un componente fuerte en este texto, pero podemos ver una ficción que apunta a constituirse como un todo.
Ifigenia en de Agustina Gatto enmarca la misma problemática pero la resuelve de forma distinta. Esta versión de la tragedia de Eurípides reformula el drama clásico familiar: un padre ausente, una hermana que se suicida sin razón, un hermano que huye y una madre que roza la locura. En el medio ella, la protagonista, la documentalista que intenta reescribir – capturar – su historia con un movimiento de cámara. Esta fue la única obra que por azar, tuve la suerte de ver en escena antes de leer. Y si bien Gatto tuvo la astucia de proponer una puesta fuerte, el texto solo se vale por sí mismo. Con un estilo distinto al de sus compañeras, un tanto más solemne, su protagonista se construye (y toda la obra quizás) sobre su voluntad de decir. Hay algo que debe ser dicho y ya no puede ser contenido, esa es la premisa de la obra: la urgencia. Así, los pequeños monólogos de los personajes se tiñen de una intensidad precisa y hermosa, y los diálogos que mantienen se diluyen sobre las relaciones maltrechas entre los miembros de esta familia “inmortal”.

En fin, ¡No todo está perdido! Ni cerca de estarlo. Vencer la tendencia a un relato fragmentado y estancado es un trabajo más o menos presente en las siete obras de esta antología y sus resultados son muy interesantes. No hay desperdicio.

Algunas sorpresas me llenaron de alegría. Como la utilización de recursos literarios para salvar aquellos elementos del signo escénico que se pierden en el texto. Este gesto denota la conciencia de que la realidad textual de la obra dista de la representación escénica de la misma. O hablando en criollo, en el escenario tenemos luces, música, puesta y hasta quizás olores para representar el basurero donde cinco hombres depositan los cadáveres de sus esposas como en Cien pedacitos de mi arenero de Laura Fernández. Pero en el texto escrito el único recurso es la palabra. Fernández podría haber optado por una simple descripción del espacio y perder el magnetismo que logró al describir el espacio de esta manera:
Basural de película estadounidense, pero no necesariamente en Estados Unidos. De fondo, las luces de un automóvil. Mugre apilada, humo, noche. Puede escucharse algún aullido de perro, porque perfectamente puede haber algún perro hambriento revolviendo la basura. Pero no se ve. Se escucha. Y no se escucha viento. Porque los basurales son mejores si uno se los imagina en una noche de calor nauseabundo. Aunque no haya olor que precise ser disuadido por algún viento fresco. Se acerca un hombre joven. Carga un cuerpo envuelto en una frazada. Es un muerto. Una muerta. Su mujer. La deposita amorosamente en la montaña de porquerías.
Inclusive hay un atisbo de narrador omnisciente en este párrafo, que se aleja de la idea de un autor que da indicaciones sobre cómo debe ser la puesta en escena y se acerca a la idea de un autor textual que dispone los hilos de la historia.
La puesta en escena de una obra y el texto teatral son dos cosas muy distintas. Sus tiempos son distintos, sus recursos son distintos y los modos de “espectar” cada uno de ellos son distintos. Mucho tiempo se pensó la obra escrita como un boceto previo a lo que después iba a ser la representación teatral. Así se fue perdiendo toda la potencia que el teatro podría tener como texto literario (y si no fíjense cuantos amantes de la literatura no consideran al teatro como un género literario ¡O cuántas personas fuera del ambiente teatral leen teatro!). Apostar a dramaturgias conscientes de sus lectores además de sus espectadores es un acierto de esta antología y una bocanada de aire fresco para los que mantenemos el habito de leer teatro.
En Algo de ruido hace, Romina Paula construye la trama desde una ficción que es profundamente literaria. Más allá de la referencia directa a La cautiva de Borges, la potencia de la obra radica en lo hermético de los personajes de la historia. Dos hermanos y su prima, sus infancias, sus vacaciones juntos y la muerte de una tía. Lo que no se dice late todo el tiempo. Y que lata en escena quizás sea tarea de la actuación, pero que lata en el texto es tarea de la escritura.
Abundan las situaciones donde las cosas se liberan de las indicaciones estrictas de quien escribe y es la imaginación del lector la que cubre el bache. No llama la atención entonces enterarnos que la autora haya incursionado también en la narrativa (¿Vos me querés a mi? Entropía, 2005).

25 de noviembre de 2008

"...novela pynchoniana"

Me fascina el diseño de tapa.

Leí y reseñé Los topos de Félix Bruzzone.

Para mí, la mejor novela de narrativa joven argentina en lo que va del año.

Nuevamente, mis agradecimientos a Glenda de RHM que me facilitó un ejemplar de prensa.

21 de noviembre de 2008

En el camino

Título: Frío en Alaska
Autor: Matías Capelli
Editor: Eterna Cadencia

Hay un mapa en la tapa y un recorrido posible que se abre en varias ramas rojas, casi como si la tapa del libro fuera una de las famosas escenas de intermedio en Indiana Jones cuando nuestro arqueólogo favorito de toda la vida se desplaza de un lugar a otro.
Y es que este mapa además es un mapa difuso, más parecido a un mapa del T.E.G. 1 que a una cartografía posible. Hay un colectivo, una figura humana, un changuito de supermercado, un tambor y un cartelito que anuncia comida de Rusia, todo dibujado e inserto en ese mapa extraño que no distingue demasiado por regiones pero no se priva de los relieves, el agua y las divisiones que parecen más un entrecosido de parches que límites o fronteras políticas posibles.
Todo esto es relevante porque luego, leemos y lo que leemos es a un personaje referido como Lekman, un nórdico viviendo en Buenos Aires y lo que se nos relatan son sus travesías urbanas, diurnas, nocturnas y soñadoras.
La prosa acompaña, acompasada, en un logrado tono neutro que se permite no sobresaltarse por nada, ser impasible ante lo que sucede, como si nada lo afectara.

Y dobla para el otro lado y cruza como si estuviera solo, como viene cruzando hace meses, sin tener en cuenta los temores de Fernanda, que siempre lo hacría cruzar cuando no venía nadie, y un auto oscuro dobla en la esquina, le pasa por al lado y atropella al changarín.
(p.24)

El narrador no se detendrá en este episodio y el changarín (palabra extraña que hace resonancia con Mandarín y lleva la nacionalidad del cadete atropellado) caído en el piso se levanta y vuelve a trabajar como si nada hubiera ocurrido mientras Lekman se sube al auto que lo atropelló y se lo llevan a un bar oscuro que sería perfecta locación para una novela negra y se sumerge en lo que podría llegar a despuntar como un golpe de trama, un momento de desvío donde finalmente ocurra algo, pero no. No pasa nada y Lekman vuelve.
Las tensiones que teje la trama se diluyen o son débiles: no se las sigue, se las deja desangrar. Lekman se enfrenta a la revisión de las cuentas de su novia de viaje y se encuentra con compras de preservativos casi semanalmente. Se tensiona la cuerda.
Luego se nos refiere que esos preservativos, pueden o no haber sido comprados por ella ya que nos dice, no siempre manda sus propias facturas. Se distensiona la cuerda.
Lo que hay, lo que fluye es precisamente ese hilo o esa cuerda: un camino que se va armando a través de las intervenciones de Lekman que se apropia de los espacios al describirlos. Atravesar el lugar es mencionarlo y eso lo restituye al plano de la referencialidad y la representación.
Lekman es como un ovillo de lana que se va moviendo caprichosamente y cada lugar que toca cobra existencia.

Dejó a su maestro una vez que al llegar a su estudio para la clase lo encontró en calzoncillos, moviéndose de una pared a otra de la habitación, desovillando una bola enorme de lana roja.
(p.16)
Y de a ratos, en este juego de desplazamientos, la nouvelle o novela en relatos, se parece a una aventura gráfica de vieja escuela, donde nuestro protagonista recorría lugares encontrando situaciones y objetos que le servirían para avanzar en la historia. Acá los objetos o sujetos que se presentan están para hacer avanzar la historia pero no hay una necesidad de utilizarlos ni de hablar con ellos, sino una presencia que esconde, como el resto de la narración, lo no dicho. El “principio de incertidumbre” que da título al primer relato podría ser el título del libro. Las cosas están y Lekman interacciona con ellas, como en la aventura gráfica como decía, pero la magia de lo que sucede con esa interacción, la animación o escena que esperábamos ver en la aventura gráfica, acá está elidida.

Llegan hasta un bar en una zona de oficinas. Junto a la puerta del lugar hay una mujer llorando, las manos le cubren la cara. Bajan al subsuelo y se acomodan en los sillones. (…)
Levanta la mano para llamar a la moza, que es la misma mujer que diez minutos antes estaba llorando afuera. Pide un trago.
(p.26)
El segundo relato, Sólo estás sangrando, utiliza el recurso de la narración en 2da persona y recuerda a Jay McInerney tanto por el recurso como por el tipo de trama y tono general de todo el libro. Incluso el cuento implica un desplazamiento más, ahora a Puerto Madero, acaso el sueño yuppie de nuestra sucursal del Los Ángeles glamoroso y mercoso de McInerney.
Los enredos familiares aportan también a este sentido y el cuento termina acercándose bastante al tono entrecruzado del minimalismo (presente en todo el libro en mayor o menor medida) con el Brat Pack norteamericano.
El tercer cuento, L. introduce la variable “ensoñación” que terminará de explotar en el cuarto y último cuento: Frío en Alaska.
En estos últimos cuentos el tono se transforma en una sucesión de hechos que se conectan con una sintaxis de amontonamiento: el relato se encadena como un sueño donde un hecho sucede a otro sin lógica y al mismo tiempo, tienen perfecta lógica dentro del sueño:

Y luego no sabe si llega un amigo de Valeria o es que salen a caminar y se lo encuentran en la vereda, y son tres caminando y fumando por la calle, fumando los trs sin parar un cigarrillo detrás de otro. Llegan a una obra en construcción y Valeria de repente va y se mete en un lote inmenso en el que están construyendo un edifcio torre de lujo y se tira de un andamio hcia el hueco de los cimientos. “¡Se rompió la crisma!”, exclama un obrero, y entonces Lekman se da vuelta asustado buscando al otro, un gordito canoso pero con cara de veinteañero, y lo ve tocando el piano en la vereda, siempre el mismo fragmento cada vez más rápido, más fuerte, sin dejar de fumar. “¡Poco allegreto sin llegar a lacrimoso!”, le grita primero, y luego “¡Fortíssimo! ¡Fortissimo!”, sacudiendo la cabeza.

(p.67)
Y así va. Lekman va. Aunque no sabemos bien a dónde va. Pero lo que vale es el camino.

24 de octubre de 2008

Volvió y sale 35 mangos

De izquierda a derecha. Terli, Anibal, el Zurdo y Marcos (el rubio que lo agarra a Terli).

¡Están de vuelta!

Ayer no tenía un buen día.
Nada en particular, sólo mi ciclotimia como religión y estaba yendo a la fuckultad, bastante malhumorado cuando pasé por un kiosco de revistas y así, de refilón, lo vi.
Siempre me detengo a hacer "sightseeing" de escaparates de kioscos de revistas que así es como me mantengo informado sobre los avatares de la vida del padre de Mariano Martinez y las contratapas de la Barcelona (en algunos kioscos los guachos se dieron cuenta de este arte de leer lo más interesante de la revista y no comprarla, por lo que la ubican de forma en que sea imposible de ver la contratapa) pero precisamente, por mi técninca, nunca compro una puta revista.
Entonces así, como en una especie de iluminación profana la vi.
4 segundos sí, era 4 fucking segundos y estaba de vuelta. No dudé de su contenido. Casi estaba seguro de lo que tendría aún antes de pedirle a la kiosquera que me la dejara hojear ("Ah, me llegó hoy... no sé qué es..." me dijo y yo, nervioso se la arrebaté de la mano antes que pudiera seguir difamándola).
A ver... si hubieran metido mierda entre una tapa y contratapa con la marca 4 segundos ¡la compraba igual!
Emocionado, busqué hasta el último peso (y en esto soy literal, me vacié la billetera, si hasta tuve que usar una preciadísima moneda de un peso, que con la escasez no me hacés gastar una moneda ni para llamar al SAME porque frente mío hay un choque múltiple).
Y lo tuve.
Contratapa. Marina, el amor imposible de Marcos, compañera de laburo en el videoclub del Zurdo. Una verdadera "quinto segundo".

La nueva edición es algo así como la Absolute Edition y viene bajo el título "Comic Interruptus" que es lo que sucedió con esta historieta: llegó a sacar 7 números entre 1999 y 2000 y después desapareció así como había aparecido.
¡Pero qué 7 números! Con qué ansiedad esperaba todos los meses las novedades del Club del Cómic para ver si había un nuevo número. Y siempre era decepcionante porque los guachos se tomaban su tiempo para salir.
¿Cómo los conocí? La única vez en mi vida que me compré un número de la Laser vino con un especie de dossier promocional de la nueva publicación del momento de IVREA, la revista Ultra que prometía traer una compilcación de varios cómics nuevos e independientes. El avance traía unas páginas de 4 segundos, unas páginas de Anita, la hija del verdugo y unas páginas de otro cómic que de tan malo lo olvidé.
Pero bastaron esas pocas páginas de 4 segundos (la famosa escena de Marcos comiéndose un superpancho en el colectivo) para que saliera corriendo a comprar el primer y segundo número en la Fantabaires 1999.
¿Por qué tanta pasión por un cómic? Bueno, creo que la mejor definición la dio un pibe comiquero que era amigo por esa época: "Es como Seinfeld pero argentino".
Sí. Es eso. Es como Todos contra Juan pero en formato cómic y con 10 años menos (es decir, todo lo que aprendí a amar al programa en 2 episodios que vi, ya lo prefiguró 4 segundos hace 10 años).
La historia sigue las aventuras bizarras de un grupo de cuatro amigos: Terli, Marcos, Anibal y el Zurdo (que nos enteramos luego que no le dicen "zurdo" por su tendencia política precisamente). Cuatro chabones de barrio pajeros que viven una vida tranquila, en los estertores del fin del menemismo (no hay una estética del derrumbe todavía sino una tranquila apatía mezclada con indiferencia social).
A través de un muy buen manejo de diálogos y registro oral, sumado a un dibujo caricaturesco pero no extremo (un realismo-caricaturesco) sumado a un muy buen ojo para situaciones que suenan a que a todos nos han pasado (eso que tan bien manejaba Seinfeld) y que si no nos pasaron, tranquilamente podrían pasarnos, manejando un humor de acumulación de situaciones absurdas (pongamos que un gag se empieza a gestar en la primera viñeta, se desarrolla en toda la historieta para finalizar en el bis que es una tira separada del cuerpo de la historieta y que viene en la última página) y descrédito de los estereotipos sociales negativos.
Son siete números entonces sumado al humor ridículo de los prólogos y epílogos y demás paratextos que están incluidos en esta edición, más un bonito arte de tapa. Una oportunidad para recuperar un cómic inconseguible.
Como me pasó a mí, que de tan fanático presté varias veces los números individuales perdiendo el número 4 en el camino.
Ayer volvía de la fuckultad después de clase y no podría decir cuánta fue mi alegría al poder releer ese glorioso número.

Mi colección personal de los números originales de 4 segundos. La foto es mala pero no tuve tiempo ni paciencia de otra cosa. Este es un post improvisado por la emoción! sepan entender.
Se ven dos cosas en la foto:
a. Que me falta el número 4. Alguien me lo perdió y nunca supe quién fue.
b. Que el número 1 está firmado por los autores. Me lo firmaron en el Fantabaires en que se presetaron en sociedad y mi hermano ¡Hasta se había comprado una remera con el dibujo de tapa del primer número! ¡Que tiempos aquellos!


Nunca quedó demasiado claro para los que nos movemos por los bordes del cómic argentino el por qué de su súbita desaparición. Lo que sí supe fue que uno de los que lo hacían se fue a vivir a España y publicó una novela que tengo en mi biblioteca pero todavía no pude leer (a pesar que me la recomendaron mucho: Conductores suicidas de Alejo García Valdearena).
Espero que esta Absolute Edition sea el paso previo a la salida al mercado de nuevas historias de este cuartetos de segundones.
Y si no, al menos habrán recuperado el lugar que se merecen y que se les ha ninguneado en el cómic argentino contemporáneo: es increíble la cantidad de cómics argentinos de pésima calidad que siguen el camino trazado por 4 segundos llegando casi a los límites del plagio, pero con resultados horribles.
Para los que no saben nada de cómic argentino más allá de El eternauta no se pierdan la oportunidad de leer una de las producciones más originales y divertidas que se hayan escrito en el género por estas pampas.